miércoles 31 de diciembre de 2008

ELLOS O NOSOTROS

Orletti no tuvo mejor idea que explayarse, al momento del lomo grillado a las finas hierbas.
-Tal vez la presencia de carne en la mesa lo haya inspirado, doctor- deslizó con ironía Monte Pelone-.
-Tenía dos opciones- aclaró Olimpo-: la otra era hablar de mujeres, y la verdad, yo hubiera preferido esa, con gusto- y todos reímos.
La teoría de Orletti sonaba peligrosa. Matar a todos los suicidas antes de que actuaran, para evitar un mal mayor, no garantizaba nada.
De pronto, sentí un impulso incontrolable y pregunté ”si Ud. supiera que una vez yo también estuve a punto, ¿qué diría?”
-Que su caso es distinto, mi amigo, Ud. es un hombre, y además instruido. Esos pibes son... asesinos en potencia. ¿Más vino?
Seré coincidía en parte con el planteo de Orletti, pero proponía que la acción estuviera a cargo de grupos altamente especializados, con información confiable y todos los medios necesarios.
-Casi tendría que abrirse un nuevo ministerio a esos efectos- gruñó Andrés Vesubio. ¿De cuánta gente estamos hablando?
Seré tranquilizó a la concurrencia:
-Guarda que se está evaluando en las más altas esferas, -dijo, como quien comparte un secreto- se los aseguro. Esta misma conversación ellos ya la vienen teniendo desde hace dos meses.
-Y, ¿se puede saber a qué conclusión llegaron? -preguntó alguien-.
-Comprenderán que de algunas cosas no se me permite hablar.
-Y ustedes comprendan que la cosa no da para más con esto de los suicidios en masa –saltó Olimpo-, hay gente que ha quedado destruida, familias enteras. Sin ir más lejos, ¿Saben lo que es manejar un ultrarrápido, y ver como a la distancia se preparan y luego se tiran sin dar tiempo a frenar, y encima, después ver esos...
-Les pido por favor, gente, que estamos comiendo –reclamó Seré.
-Eso – retomó Monte Pelone – mejor volvamos a la opción dos: mujeres. ¿Vieron lo buena que está Fabiana Ponce?
Mi taxi tardaba en llegar y Andrés Vesubio se ofreció a llevarme. Sugerí un camino alternativo para evitar las zonas más peligrosas, pero, según el mismo gobierno, últimamente ya no había zonas del todo seguras. Vesubio aprovechó el trayecto para relatarme episodios con lujo de detalles. Las chicas preferían hacerlo de día; los muchachos se inclinaban por las primeras horas de la madrugada, cuando la vista del conductor suele estar cansada o algo confundida por el resplandor del insipiente día. Siempre es fundamental el efecto sorpresa. En cosa de dos o tres segundos los hechos ya estaban consumados: el desorden de cuerpos ( algunos despedazados) y después, el conductor que retrocedía (aunque no siempre) y quedaba atrapado por esa imagen, conmovido, fascinado, en fin.
-Ahí empieza la otra historia –dijo, y lo miré intrigado.
-O sea, lo que ocurre con los involucrados que no han muerto.
Sorpresivamente Vesubio hizo una maniobra brusca y tomó por una calle lateral. Eso me puso bastante nervioso.
-Perdone – se excusó-, pero me resultaba muy incómodo ir por ahí. No conozco ese camino y temo perderme, o comerme un pozo y romper el tren delantero. A esta hora, ¿se imagina? ¿En qué estaba? Bueno, ¡no me mire así!. Usted, tiene algo que perturba.
-¿A qué se refiere?
-¡Ah! Ya sé. Le hablaba de los involucrados que no han muerto: familiares del suicida (algunos caen en pozos depresivos y terminan convirtiéndose a su vez en potenciales suicidas), por otro lado, jóvenes ligados al muerto que terminan imitando su conducta. El conductor, ¡para qué vamos a hablar! Y así...Oiga, ¿qué pasa?
-Dijo que algo lo perturbaba.
-No sé, creo que su frase de hace un rato, durante la cena...
Me contó de un sobrino que había estado metido en esos grupos, que así se enteró de algunos pormenores. Al parecer, los miembros mantienen todo en secreto, especialmente sus pactos de sangre, y no dejan nada por escrito, de esa manera no quedan rastros, tan solo la evidencia de los cuerpos. Intenté saber cómo lo había afectado la muerte de su sobrino, pero él eludió el tema con una respuesta bien armada: “el pibe era un loquito como tantos otros, un desafiante, ese final estaba cantado”.
Tomamos una curva muy cerrada y el auto mordió bruscamente el cordón de la vereda. Ambos nos sobresaltamos. Entonces, él reconoció que ese día estaba algo torpe y pidió disculpas por eso. Las calles, a esa hora habían quedado prácticamente desiertas: alguna que otra persona realizando actividades muy puntuales: sacando la bolsa de la basura, cerrando el baúl del automóvil o llamando al perro.
-No se puede seguir así – dijo, de pronto, al tiempo que movía la cabeza a los costados. No atiné a decir nada. En realidad, no entendía a qué se refería.
-Las cosas ya están ocurriendo –continuó- aunque desde arriba no se tomen las medidas, ¿entiende? Hay quienes hacen justicia por las suyas, y son más de los que ud. cree. ¿Sabe? –dijo, mientras aceleraba-, tengo un mal presentimiento...Este camino que tomé no me gusta.
-Sin embargo está bastante tranquilo –respondí-.
Volvió a mover la cabeza
-Cómo se ve que ud. tiene poca calle, amigo. Últimamente es así: todo está tranquilo hasta que, de golpe, ya no lo está.
-Mire – dije, levantando un poco la voz-, según los diarios...
-¡Los diarios! – me interrumpió gritando-. No dicen ni la cuarta parte de lo que pasa. –Disculpe- continuó, ahora bajando el tono de voz-, pero el tema me... moviliza especialmente.
Después se hizo un silencio espeso cuando penetramos en un túnel que parecía no terminar más.
-¡Carajo! ¡Qué es esto! – soltó-.
Ahí confesó que estaba un poco desorientado, y eso me dio más miedo (me noté tembloroso, como con frío. Irrumpieron recuerdos de la internación en la clínica, las pastillas que me negaba a tomar, los psiquiatras, en fin, cosas feas.
-Usted ...– dijo Vesubio, como meditando lo que estaba por decir-. No entiendo muy bien qué hacía en la reunión. La verdad (y espero no se ofenda), no le veo uñas de guitarrero.
-Yo – dije con temor- , pasé una situación, es decir una época...
-Ya sabemos – contestó muy seguro -, estamos informados de todo.
-¿De todo?
-Si, pero considerando sus antecedentes familiares... Seré insistió mucho. Ojo, quiero que sepa, mi amigo: nos hemos jugado pasando por alto ciertas cosas... Y no es algo común. Yo que usted me sentiría honrado y reconocido. ¿Qué fue eso? –dijo sobresaltado-.
-No sé, yo no escuché nada.
-Yo sí –insistió-. -Pero, bueno, tal vez esta situación que vivimos nos pone a todos un poquitito paranoicos, je je. Como en una guerra. Igual presiento algo que no me gusta. Oiga, sería mejor que usted se bajara.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
-¿Por qué? ¿Ahora? ¿En este lugar? ¡Ni loco!
-Pasa – explicó – que si ocurre lo que presiento, tal vez tenga que ver cosas muy desagradables y...
-No me importa.
-Yo siempre voy preparado, por si las pulgas – dijo, como ignorando mi respuesta, al tiempo que golpeaba la guantera con el dedo índice.
-Dije que no me importa – insistí-.
Salimos del túnel oscuro a una calle iluminada exageradamente. Vesubio aceleró con todo y al pasar por las cunetas el auto quedaba suspendido uno o dos segundos en el aire. Había tirado el asiento hacia atrás y parecía un corredor de fórmula uno.
-¿Sabe una cosa? – dijo-. –Yo no sé si confiar plenamente o no en usted. Lo que sí espero es que no nos defraude: por el bien de todos, de la causa y el suyo en especial.
El vehículo derrapaba riesgosamente en cada curva, pero él no perdía su convicción.
-El fracaso no nos gusta, pero si hay algo que directamente no toleramos es la traición. ¡Ahí están!- gritó en voz baja, señalando con la vista-. –Allá, en la esquina ¿no los vé? Detrás de ese container, agazapados, como buitres en busca de su presa. ¿Se da cuenta? Son ellos o nosotros.
-Me doy cuenta – respondí
-Imagínese si ganaran. ¿Qué quedaría? Un país vacío, de valores y de gente, un mundo lleno de dudas, de desesperación y de muertos.
-Necesitamos gente muy valiente – dijo antes de pasar por una gran cuneta, y que el auto volara como un pájaro-. – Usted, ¿será así?
Insistí en que tomara una diagonal y él alcanzó a girar a último momento, casi sobre la vereda.
-Y este cambio, ¿por qué? – preguntó sin pretender respuesta ni soltar el pie del acelerador.
-...gente con pelotas...- continuó entusiasmado-. -¿Usted estará a la altura?
Pasamos varios semáforos en rojo y nuevamente noté vacilación. Señalé una avenida y él tomó rápidamente por ella sin oponerse. Cruzamos un centro comercial, a esa hora lógicamente cerrado. En cada vereda grupos de hombres , mujeres y niños juntaban cartones y otros desperdicios.
-Estoy un poco confuso – declaró-. -Se ve que ese vinito me...- y soltó una carcajada ensordecedora-. –Usted no toma ¿no? -dijo-. -¿Qué pasa? ¿Le comieron la lengua los ratones? Oiga. Usted, por casualidad no será un flojo ¿no? ¿O un homosexual?... Porque si es así, se equivocó de grupo. Aunque –volvió a reírse como un loco-, la verdad, ya sería tarde para lágrimas.
Vesubio sintió mi mirada y por unos segundos quitó la vista del camino para observarme, desafiante. Entonces el auto se movió peligrosamente hacia los costados y él enderezó el rumbo.
-Cuando uno conoce demasiado no hay vuelta atrás – declaró, encogiendo un poco los hombros-, todo el mundo sabe eso. Pero usted es de los nuestros, lo presiento – dijo, con un raro entusiasmo-. –Estos no son tiempos para tibios. ¡Está clarísimo! Si hay que ir al frente, hay que ir, y si hay que dejarlo todo (usted me entiende), pues así tiene que ser. ¿Sabe una cosa? Tengo la extraña sensación de que estamos dando vueltas en círculo, y eso no me gusta nada. No sé si será mi estado, pero ya cruzamos varias veces las mismas calles. ¿Qué mierda está pasando acá? Usted indica el camino y...¿Acaso también está en pedo o qué?
Atrás una sucesión de letreros apagados, hombres, carros cruzados en medio de la calle y pilas de cartones. Adelante un largo camino doble mano, riesgoso, familiar, con poca banquina y escasez de luces, abundante vegetación donde poder ocultarse. Al final de todo, la fábrica cerrada devenida en paredón lúgubre, objeto de graffitis para vivos y muertos, signos herméticos, logos de tribus efímeras. Los ojos desorbitados de Vesubio ahora fijos en la ruta, la transpiración recorriéndole la frente y el cuello.
-Ud. me trajo acá – gruñó amenazador - y usted me va a sacar, grandísimo estúpido...¿o grandísimo hijo de puta? ¿Cómo prefiere que lo llame? – preguntó sin suerte una y otra vez.
Cada tanto sus ojos vigilantes saltaban de un costado al otro del camino. Oscuridad y matorrales no le permitían ver ni pensar. Un larguísimo instante en que no supo cómo salir del pozo de sombras que acechaban. Cada metro era alguien que corría, dos que saltaban encima, o simplemente un pequeño grupo esperando acostado en el asfalto.
-Usted se merece un tiro acá, dijo, señalando al entrecejo-. –Y yo otro, por meterme tan confiado en la boca del lobo. ¡Qué imbécil! Pero esto no va a quedar así – advirtió, mientras bajaba la ventanilla y el viento frío se apoderaba de la cabina del auto-.
-Sus amiguitos – continuó – van a ver lo que es bueno, antes de irse al otro mundo.
En un rápido movimiento Vesubio abrió la guantera y sacó un arma, que comenzó a asomar por la ventanilla al tiempo que gritaba:
-¡¡Salgan de una vez, loquitos!!, que antes de verlo al barbudo hoy van a pasar por mi oficina – y el pie se hundió en el acelerador hasta que el motor pegó un rugido ensordecedor y tironeó hacia delante-.
Plantas y sombras que están y no están. ¿qué son o no? ¿Es el viento o quién?
-¡¡Salgan, maricas!!
Sombras de cuerpos que van y vienen, que tan lejos preparan el ritual y se hablan, se besan, se despiden. Los ojos atormentados de Vesubio lo dicen todo, sus manos queriendo destrabar furiosamente el volante, que ya no responde, la llave en mi puño cerrado y, apenas tres segundos después de saltar, el parabrisas que se llena de caras y graffitis.

lunes 28 de abril de 2008

HUELLAS

Arriba un cartelito de chapa con el nombre “My place”. Típica noche cerrada en el campo: estrellas por todos lados. De repente, el viento. El cartelito de un lado al otro, y ese sugestivo ruido a metales. Nada raro. Nadie a la vista. Sin embargo, una tensión en el aire. A lo lejos, casi al final del camino de álamos, justo delante de la casa un bulto oscuro, movedizo: tal vez un perro. Ferguson nervioso: fuera del Buick de un salto. Su arma desenfundada, lista, el dedo en el gatillo. Mi mano en señal de calma.
¿Por qué un tipo así, en esta situación, a punto del retiro, conmigo? Y justo en este caso...
Luego, una vez abierta la tranquera, nuestros pasos cautos en el camino barroso, lleno de huellas, entre tantas las del asesino. Los únicos sonidos: el viento y nuestros pies contra el barro. Marcha lenta hacia la casa. Adelante yo, con la linterna y el maletín; detrás Ferguson, con el arma y los nervios de punta. Los primeros cincuenta metros del camino sin novedad: un piso tapizado de hojas a ambos lados, sonidos de grillos y otros bichos. Cada tanto algún movimiento entre las hojas. De pronto, un olor nauseabundo. Mi nariz fruncida, como una señal captada por Ferguson. Entonces su voz, susurrante: sus disculpas: tan sólo un producto más de sus nervios. Seguidamente la aparición de los primeros indicios: un encendedor, más allá una birome y un botón de camisa. Nada del otro mundo, según mi punto de vista, pero algo al fin. Desacuerdos: unas pruebas valiosas, según Ferguson, tal vez pertenencias del asesino.
Una sola idea en su cabeza para éste, su último caso: una revelación importante, de impacto, algo inesperado, y, quizá, un retiro con honores.
Conjeturas, teorías, suposiciones, en una sucesión casi insoportable. Sus ojos clavados en mis manos sin guantes, como una reconvención, o, al menos, una pregunta: ¿por qué?
-¿El sobre con las pruebas?
-¡Tranquilo! : en mi bolso.
Demasiadas preguntas, demasiada desconfianza hacia un camarada. Para eso, cuanto más cerca de la casa, más elementos de prueba dispersos: un descuido inaceptable, en opinión de Ferguson, salvo que el apuro lo...
A partir de ahí (y por idea mía), divididos ambos en la revisión de la casa: Ferguson a la parte delantera; yo a la de atrás. Cada cual en lo suyo en medio de un silencio atroz, prolongado hasta el límite de la desesperación. El en una tarea sin resultados positivos, por supuesto. Yo, ahora sí con los guantes, ante un panorama sombrío, repugnante, dantesco, familiar.
De repente un sobresalto: la voz de Ferguson en el radio y el corazón casi fuera del pecho:
-¿Y? ¿Algo?
-No por ahora. Un momento.
-Bueno. Acá tampoco.
Objetos, de la escena a mi bolsillo o de mi bolsillo a la escena, según el caso. Esto allá, aquello aquí, en una ingeniería rigurosa y urgente. Nada fuera de cálculo, todo en su preciso lugar: por ejemplo, los cuerpos en otra posición. Algunas manchas de sangre en tal lugar, en sintonía con mi teoría sobre el detenido y su raid, sitios de descanso, etcétera. Qué pedazo de estúpido este Ferguson. Mi voz de sorpresa en su radio:
-¡Bingo! ¡Los cuerpos! Tal cual mi sospecha. ¡Pronto!
Después, otra vez su cara de desconfianza, sus malditas dudas, la inocencia del detenido y así. Por momentos un Ferguson torpe, distraído, desaprensivo, y de golpe otra persona: sagaz, certero, incisivo como pocos.
-Qué raro, un auto con patente de Alabama; estas gotas de sangre acá, bien, pero...¿por qué también ahí? ¿Y este perro? ¿Conocido tuyo? Muy raro todo, la verdad...
En mi reloj las 2 y 15 de la mañana. El olor a muerte impregnado en la ropa. Un cielo amenazante, los grillos callados, las moscas frenéticas. Y en medio de ese cuadro de contrastes, Ferguson obsesionado, todavía enredado en disquisiciones, trabado en lucha con un asesino virtual oculto, agazapado y casi acorralado, con los guantes puestos por si acaso. 

martes 18 de marzo de 2008

EL REPARADOR

-Mientras no llueva, estamos bien- dijo, con su voz de acordeón pinchado.
Yo no entendía qué tenía que ver la lluvia en el asunto, y se lo pregunté. Pero pareció no escucharme o acaso no querer responder. Verificaba meticulosamente detalles del laboratorio y la máquina. Al parecer le picaban los ojos porque no dejaba de rascarse con la punta de los dedos. Cuando se dio vuelta tenía derrames y esa palidez propia de quien pasa mucho tiempo a la sombra.
-¡ La humedad en el aire puede ser malísima! – remarcó, casi a los gritos-. Tanto puede afectar los cables y los contactos, como volverse en contra y... tendríamos un desastre de proporciones, una verdadera tragedia.
Pensé que, en todo caso, la tragedia comenzaba mucho antes, cuando el sujeto era colocado en la máquina, y se lo dije, con cierta timidez, claro. Tampoco me respondió. Creí notar un movimiento en lo alto del techo, algo parecido a un aleteo. Fijé mi vista en las cabreadas, pero la luz no llegaba hasta allí y era imposible distinguir algo. El advirtió mi desconcierto, y su cara esbozó una mueca burlona.
-Usted no entiende – soltó con fastidio -. Acá, cada cosa tiene su razón de ser.
Justamente: lo que yo quería era entender. Si había llegado hasta allí era por eso y se lo manifesté. Pero él, nuevamente, me dejó esperando su respuesta, sometido a un calor agobiante: en ese lugar no corría una gota de aire y yo carecía de coraje para decírselo. De pronto echó una mirada hacia las cabreadas; parecía la mirada de un ciego.
- Ya va, ya va – dijo - , paciencia, qué tanto. Luego golpeó con el puño en la mesa.
-Bueno, Usted dijo que está aquí para escribir un artículo. ¿Qué quiere saber?
-Todo, Dr. Volter – contesté, con ansiedad - : cómo funciona la máquina, porqué decidió hacer este trabajo. ¿Sabe? En el mundo se habla muy mal de Usted, se dice...
-¡¡Demasiadas preguntas !! – estalló, dando otro golpe en la mesa -. Algunas no voy a responder: ni sueñe con saber el sofisticado mecanismo interno: ¡secreto de estado! Simplemente digo: todo guarda relación con los principios de nuestro sistema; a cada cual según lo que ha hecho.-
Volvió a mirar hacia lo alto, pero esta vez con una expresión tierna.
-No crea todo lo que se dice – hizo una pausa- : sólo un poco – añadió, y a continuación soltó una carcajada que logró ponerme la piel de gallina. Me volví hacia la máquina y eché una mirada a la maraña de cables, cañerías y brazos mecánicos. Sentía que la transpiración me mojaba la ropa.
-Supongo que esa bandeja de acero es...- empecé a decir.
- ...el lugar donde se ubica al acusado, tal cual – completó. Noté que el sector estaba revestido de azulejos blancos, y le pregunté por ellos.
-Un lugar que se salpica con frecuencia debe ser fácil de lavar...Creí que haría preguntas más...inteligentes, señor.
De repente, los gritos desgarrados de un hombre me paralizaron. Al parecer venían de una habitación contigua. El debió notar mi estupor, porque se apresuró a, explicar:
-Tranquilo, es Surson, mi asistente, ordenando el registro de voces. Aquí se graba a cada acusado mientras actúa la máquina. Luego se sacan patrones comunes según los cargos, la sentencia, etc. , se entrecruzan variables para establecer relaciones, gráficos, datos estadísticos y...no sé para qué le estoy explicando todo esto. Oiga, lo noto un poco contrariado, ¿Está usted bien?
Contesté que sí, pero acaso no fui muy convincente. En verdad estaba con pocas fuerzas y algo mareado: tal vez con la presión baja por el calor.
-Venga – sugirió en tono amable -, siéntese aquí hasta que se le pase – señalando la bandeja de acero -, o mejor recuéstese, le hará bien, es muy cómoda, ya verá.
Acepté sentarme. El dijo que iba en busca de algo fuerte y regresaba. Desde ese lugar miré a mi alrededor y a la máquina. Examiné los distintos elementos de esa extraña sala donde, si bien el espacio era escaso, había gradas a ambos costados de la máquina como para, calculé, unas veinte personas. Comprendí el particular punto de vista que desde allí podía tenerse de las cosas. En las alturas, el aleteo se hacía sentir de manera intermitente y por momentos intensa.
Su voz, entrando de golpe en la sala, me sobresaltó:
-Con esto se pondrá bien – aseguró al acercar un vaso de algo rojizo a mi mano. Lo hacemos aquí – dijo orgulloso -, es puro nutrientes, todo natural y de alto valor estimulante. Yo soy partidario de exportarlo, pero todavía no conseguí apoyo oficial y...
-En realidad – dije – ese rato que estuve sentado me hizo bien. Ya estoy como nuevo.
-¡Es el efecto de la máquina, señor! – dijo, exultante. - No me mire así, es verdad, tanto que la llamamos “el reparador”. Es gracioso: en una época se generó toda una discusión sobre cómo llamarla. ( Finalmente se acordó así : “el gran reparador de la sociedad”). Sea como fuere, le confieso algo: yo adoro a esta máquina. Y, ya que estamos, le digo: de tantos años juntos, creo saber de antemano, casi con exactitud, qué sentencia va a determinar en cada caso. En una palabra, cuanto le quitará al acusado para reparar el daño. Es increíble, es... es... sencillamente fascinante.
De pronto advertí que me estaba mirando fijo, y un gesto socarrón se le dibujaba en el rostro. No tardó en decir:
-Ud. hace rato que quiere preguntarme algo y no se atreve, se nota. Decídase de una vez, señor – dijo, casi como una orden -. No sea cobarde.
Di unos rodeos. No sabía muy bien cómo hacer. Comencé reconociendo las aparentes virtudes de la máquina: un papel sin duda importante en la tarea de impartir justicia¿ pero acaso era imposible que fallara? ¿Y entonces…?
-No digo terminantemente que sí, porque mentiría – dijo, poniendo cara de estúpido.
Luego miró a ambos lados como si alguien pudiera escucharlo y soltó en voz baja:
-Esto ni se le ocurra ponerlo en su nota: últimamente tenemos problemas presupuestarios y eso podría repercutir en la calidad del servicio. ¿Habrá notado que utilicé el potencial? Pero bueno, si así fuera, en algún remoto caso…
-¿Qué pasaría? – interrogué, casi con desesperación.
Se tomó un tiempo, que me pareció una eternidad. Su cara denotaba una especie de introspección, propia de quien en segundos está haciendo un racconto, evocando situaciones, episodios, o tal vez, haciendo balances generales. Finalmente, y al tiempo que miraba melancólicamente a la máquina, confesó:
-En toda actividad hay un margen de error, señor. ¿Quién podría negarlo? De cualquier manera aquí todo se aprovecha. Y no crea que es un justificativo, pero, somos varias bocas para alimentar y el presupuesto, como le dije, es escaso, me animaría a decir que demasiado, dada la importancia de esta actividad para la nación.
Le brillaban los ojos. En algún momento quise incorporarme para buscar otra posición pero, sentado allí, en la bandeja, se estaba bastante cómodo (él tenía razón). Sostuve mi cuerpo apoyando las manos a los costados, cerca de unas correas que, seguramente servían para sujetar las muñecas, porque, al parecer, el Dr. Volter tenía mucho para decir. Era como si de golpe se hubiera abierto una compuerta y él debiera desagotar el contenido.
-Usted no puede imaginarse las que tuvimos que pasar – dijo, con lágrimas en los ojos y el rostro visiblemente desencajado. Del científico seguro y suficiente que me había recibido, poco quedaba ya. Sus manos temblorosas, su postura desgarbada y sus ojos con más derrames que nunca, eran signos de un hombre inexplicablemente quebrado. Son esos momentos en que uno no sabe qué decir y echa mano a frases de las que luego puede arrepentirse, como por ejemplo: “no será para tanto” o “seguramente, esto va a pasar”, etc.
Lejos de consolarlo, mis dichos desataron su ira.
-Ustedes, los extranjeros, no entienden nada, o lo que es peor, no les importa: ¡cuando a uno lo dejan así, a la buena de dios, en este lugar inhóspito, sin la infraestructura mínima, ni recursos, ni siquiera víveres! – dijo a los gritos, al tiempo que me tomaba fuertemente de un brazo (no entendía yo para qué).
Un batir de alas desde lo alto, y también otros sonidos: ¿gemidos?, ¿chillidos?, ¿voces?, No pude determinarlo. Todo fue muy confuso y sorpresivo. En unos segundos yo estaba acostado en la bandeja. Con una habilidad increíble, Volter me había sujetado manos y pies con las abrazaderas y era imposible zafarme. Para ese entonces, su rostro se había transformado nuevamente: reía como un loco, lanzaba insultos, daba pequeños saltos excitado. Me señalaba algo que, luego entendí, era el botón del encendido. Jugaba con su pulgar como si fuera a apretarlo, y después desviaba su mano poniendo cara de imbécil. Luego de un rato, sentí mis pantalones húmedos: me había orinado encima.
-No se ponga así, señor – gritó-. Este es un juego que en los buenos tiempos solíamos jugar con Surson para que circulara un poquito de adrenalina, nada más, je je. Va a ver que es divertido – aseguró, al tiempo que me liberaba de las correas. Ni bien logré incorporarme, él se acostó en la bandeja y me indicó entusiasmado:
-Ahora le toca a Usted, señor mío. -. Yo, estupefacto, me negué. ¿Cómo iba a aceptar semejante cosa? Y si por error... Eso no era para jugar, pero amenazó con
matarme si no hacía mi parte. Contra mi voluntad tuve que ajustarle las correas y él pidió que fuera bien fuerte, hasta que se hincharan las venas. Comencé entonces la parodia de ejecución que él pretendía, llevando mi pulgar hacia el botón para después desviarlo, sin que eso lo conformara. Quería que pusiera más énfasis en mi actuación. Hice algunos gestos parecidos a los que él había hecho conmigo. De a poco fue aceptando mi representación aunque no era lo que esperaba. De pronto y sin perder su voz alocada, dijo cantando:
-¡Yo sé lo que haría la máquina con usteeed, señor! ¡Estoy seguuurooo! – Me miró fijo. –Ya puede aflojar las correas – ordenó.
Me acosté de nuevo y él ajustó convenientemente. Ahora apoyaba su pulgar en el botón, simulando hacer mucha fuerza y que el botón estaba demasiado duro. Volter disfrutaba como un chico con el juego, al ver mi rostro demudado, el sudor que a cada rato corría por todo mi cuerpo.
-Puede fallar, señor – cantaba -. Esto está muy duro ¿eh?, verdaderamente muy duro. Qué lástima, porque si no, ya sé lo que haría con usted “el reparador”. ¡Su turno! – ordenó a los gritos.
Cuando terminé de amarrarlo se quedó mirándome expectante, con unos ojos pícaros que sólo mostraron inquietud al ver que me dirigía hacia la puerta interior y tomaba el picaporte.
-Así me gusta: que sea creativo. ¡Sorpréndame, señor! – gritó.- ¡Sorprenda al viejo Voolter! ¡¡Usted puede!! Más vale que pueda, porque si no...- continuó, amenazante, mientras yo cerraba la puerta.
Caminé, entonces, por el pasillo estrecho hacia el lugar de donde salían los gritos. Una de las puertas estaba entreabierta, y en esa penumbra interior contrastaba una silueta oscura y delgada. Era Surson. Primero pensé que estaba de perfil, pero luego comprendí que así era él, o lo que había quedado de él. Su único brazo lo movía con destreza, guardando cintas en distintos cajones y accionando los controles de la consola. Se desplazaba dando pequeños saltos en su única pierna, y al verme, de pronto en la penumbra se sobresaltó tremendamente, soltando un gemido ahogado. Le pedí disculpas pero, por su mirada, supe que no entendía una sola palabra de lo que yo le decía. Había en ese rostro una expresión contradictoria, mezcla de resignación y sadismo, o, me atrevería a decir, ánimo reivindicativo. Comprendí que yo también sentía por él algo contradictorio: lástima y temor a la vez. De lejos llegaban los gritos de Volter llamándome. En ese instante, Surson abrió un enorme álbum de fotos y lo dio vuelta como para que yo viera. Las imágenes eran aterradoras, en algunas no se llegaba a saber de qué parte del cuerpo se trataba. Después de unos minutos, y al ver mi estupor, me miró con cierta compasión, al tiempo que articuló unos vocablos incomprensibles, tal vez en idioma eslavo. Algo confuso, abandoné instintivamente la habitación. Ahí caí en la cuenta de que todas las puertas tenían candado. El calor y la sensación de ahogo se me hacían insoportables. No obstante algo se iba clarificando en mi cabeza. Todavía recuerdo, como una película, los saltitos de Surson y mis propios pasos, regresando a lo largo de ese infinito pasillo, el loco canturrear de Volter y la fuerte convicción de seguir el juego para ver qué haría la máquina con él.

viernes 22 de febrero de 2008

ME VAS A DEJAR

Algo cambió cuando dije que leía las líneas de la mano y ella extendió el brazo diciendo “dale, me interesa”. Quizá fue su aliento a whisky, una especie de electricidad entre sus dedos y los míos o ese ligero tartamudeo, no sé, pero una mágica puerta se había abierto.. De repente, la noche se llenó de cigarrillo con Sting y presagios de amor y larga vida entre un montón de nietos. Me miraba atenta, como si verdaderamente yo supiera algo sobre esos temas, y le vino un brillo a los ojos que no entendí. Creo que estaba a punto de llorar.
- Ya sé que me vas a dejar – dijo , pero yo no contesté.
Después fingimos interés por cosas triviales y la conversación se volvió previsible pero amena, saturada de exclamaciones y risitas.
-¿Chico Buarque o Gal Costa?- preguntó -. Le presté la mitad de los discos a mi hermano y...
No sé qué contesté. Me mostró su cultivo de papiros, la orquídea amarilla que adoraba, el tapiz de México (en la casa de Frida Khalo hay uno igual, ¿sabías?). Pidió que me quedara a cenar, haría tacos con guacamole o algo parecido al seviche, me daba a elegir. Contesté que sí, y fue como un alivio, me di cuenta, señal de que algo la tenía nerviosa. Cuando se quitó los zuecos mostró su verdadera altura. Así me gustaba más: tan distinta a las otras pero en el fondo tan igual. La sonrisa en esa cara suave y redonda donde unos ojos tristones apenas contrastaban, el dedo jugueteando en el pelo sin parar, la remera cortita y el ombligo ahí, en exposición, todo era una invitación a jugar a los amantes solitarios, como en un cuento de Carver. Algo dijimos del trabajo: por suerte mañana es domingo, o algo así. Ella sólo aludió tangencialmente al suyo: a mi me permitió viajar y conocer gente. Después pidió ayuda con los platos y pasamos a una mesa con velas y no sé cuánto más. Por qué tanta cosa, tanto preparativo – pensé. Pareció leerme el pensamiento.
- Hacía mucho que no cenaba con alguien – dijo -, que no me sentía tan a gusto. En dos años de separación la pasé bastante mal...-
No pregunté nada, no supe o no quise. Propuse un brindis y, a continuación, elogié su vino: evidentemente, mezcla de cepas – dije, recordando algo que oí una vez -, tiene buen corte: un poco joven, pero con carácter.
Se sonrió como avergonzada.
- No entiendo nada de eso. La verdad, lo elegí porque me gustó la botella y esa foto antigua en la etiqueta.
Estallamos en una carcajada. Luego quedamos así, mirándonos por un instante. Fue entonces cuando, paulatinamente, se desdibujó esa expresión y los ojos tristones impusieron su carácter.
- Me vas a dejar – repitió -, ya lo sé.
Le dije que no entendía el comentario. Pregunté si se trataba de alguna broma o acaso no se sentía bien conmigo, porque en ese caso...
- Al contrario – aseguró -, hacía mucho que no la pasaba tan bien.
A la distancia, un portarretrato llamó mi atención. Apenas distinguía tres siluetas: tal vez un hombre junto a dos chicos. Ella se dio cuenta.
- Son mis hijos – aclaró -. Al principio quise recortar la foto, pero, después de todo, es su padre. El mayor está con él, y el más chico se quedaba en casa de un amiguito – siguió aclarando, sin necesidad.
Le pregunté si se acordaba de mí y ella quedó sorprendida, hasta desorientada. Arriesgó nombres, lugares, parentescos con gente diversa, incluso de otro país.
- ¿Hace mucho tiempo? – preguntó, y yo dije que más de 20 años.
- En esa época yo estaba en la secundaria – dijo, y ahí, de golpe se le hizo la luz. Me recordaba como se puede recordar a un alumno de un curso dos años mayor y que no le llamaba especialmente la atención.
- Bueno, yo no me daba mucho con mis compañeros – se justificó -. Estaba muy metida en mis cosas ¿sabés? Y a los tipos les echaba flit: primero los atraía y después...no sé qué pasaba.
Y otra vez sus aros golpeteándole las mejillas, el tajo de la pollera bahiana que trataba de cerrar sin convicción, como un reflejo, la guarda calada a la altura de los muslos.
Dejó que comenzaran a sonar unos fados y se acercó al sillón con un vaso de algo alcohólico.
- Probá – dijo-, vas a ver qué rico. Menos mal que a mi hermano no le gustan las canciones en portugués ¿no?
Cada minuto era un descubrimiento: la cicatriz de la vacuna, el hoyito en el mentón cuando pronunciaba la u, un pequeño ideograma japonés tatuado en el escote, que tapaba a medias la remera (y yo me preguntaba si vería completo).
- Había un profesor de séptimo que me gustaba – dijo de pronto, con la vista difusa y un dejo a sonrisa en los labios. Pronunció su nombre pero yo no lo conocía.
- Era joven – aclaró – y se la pasaba inventando historias, tenía un arte para eso. Tal vez era lo que lo volvía, no sé, irresistible para mí.
Le acerqué el vaso vacío a la mano, como pidiendo más de aquella cosa y pregunté si había pasado algo con él.
- Por desgracia, nada – dijo, con cierta resignación -. Para colmo, él también tenía interés, yo lo notaba. Pero se ve que no se animó. Mejor así, ¿no? – preguntó, mirándome con esos ojos grandes -.
Le hice un gesto vago, como de no comprender.
- Es que habría terminado igual que con los otros – dijo, y en ese instante, bajo esa luz temblorosa, se volvió más tierna, más frágil, más entregada que nunca a las contingencias. Sujetó con fuerza mi mejilla y obligándome a mirarla a los ojos, casi susurró.
- Prometeme que cuando me dejes, te vas a arrepentir y vas a querer volver, aunque no vuelvas.
Y yo dije que lo prometía.
A partir de entonces, ocurrió todo sin darnos tiempo a nada, como una sublevación repentina buscando un juego loco de contrastes: mi piel blanca de oficina, mi metro ochenta de huesos marcados y mis manos de arena, su piel bronceada y sus marcas de la malla, sus rodeos, mis atajos, mi respiración entrecortada, sus uñas en mi espalda, el contrapunto de gemidos. Luego sus ojos cerrados en la almohada, el sonido del cierre y los cordones, y a lo lejos, mis pasos fugitivos en la vereda.

LAS COSAS EN SU LUGAR

Otra vez el mismo castigo de esperar frente a la pantalla de la computadora, revolver el té una y otra vez, tamborilear los dedos en el viejo escritorio hasta el dolor y comprobar que es inútil: por más esfuerzo nada viene a la cabeza. No es fácil admitir semejante falta de palabras, de argumento, de imágenes que empiecen a delinear una historia posible. Me veo tentado a buscar causas, y en ese discurrir viene a la mente la última historia que escribí. Me pregunto si despegué de ella o sigo pendiente de ese clima denso y asfixiante, enredado con el perfil de sus oscuros personajes y el lugar que patéticamente se disputan.
Se me impone volver a esas páginas como si fueran ajenas, dejarme llevar sin prisa por la morosidad de un comienzo vulgar, remontar la incertidumbre de no saber hacia dónde, que exaspera un poco, cierta ambigüedad que, no obstante, preanuncia algo fuera de lugar, quizá un hecho desgraciado. Decido recorrer esos pasillos húmedos, de techos altos y grises, donde las telarañas pasan inadvertidas, y sentir el ruido seductor de las puertas que discretamente se van cerrando para ocultar unos pasos presurosos hacia el dormitorio. La casa y sus ambientes: distintos mundos que sin embargo se implican, son designados como “de éste o del otro lado”, donde alternativamente los personajes se ubican y fantasean con un desenlace a su medida.
Advierto la situación: he vuelto al lugar de los hechos, pero dialogo de otra forma con las circunstancias, los objetos presentes, los personajes virtuales, como si me pertenecieran en un sentido más familiar.
Es la perspectiva lo que ha cambiado -me digo con asombro-, no la historia en sí, también el tamaño de los objetos y el decorado (ahora considerablemente más grande, como si me hubiera convertido en un niño). Podría reescribirla –pienso-, adaptarla a la luz de estas nuevas visiones, pero sé que no conseguiría juntar el coraje suficiente.
Por lo pronto, es cierto que la mesa está servida y la comida a punto; que unos pies descalzos se acercan a la puerta de calle cuando el timbre insiste y luego se alejan buscando refugio tras otra puerta, en la proximidad de un armario; que un sujeto extraño ingresa a la casa en medio de cierto caos y un clima enrarecido.
Estoy jugando a la pelota y de repente todo se vuelve trifulca, empujones, amagues de algo que no llega a concretarse. Desbandada entre reproches. Cada cual a su casa. No tengo ganas pero vuelvo, cansado, con los nervios de punta. Todavía me tiemblan las piernas.
La historia muestra de nuevo sus contornos: el soplido de una hornalla al encenderse, tintinear de cucharitas, una conversación amable en tono de reclamo y debidas excusas. Todo es poco sincero, poco creíble, poco claro, pero igual sigue su curso. En medio de esa farsa cada quien busca un lugar en la trama, urde en secreto una estrategia, agita sus señuelos y espera.
¿Qué son estos cambios de estilo –me pregunto-, estas descripciones inéditas, esas acotaciones sin antecedente en el relato original? ¿Ocurrencias o simples recuerdos?
Estoy sentado en el porche de la casa asimilando el fracaso, la discordia que no tiene explicación, los caprichos de algunos, la intransigencia de otros que nos arruinaron el día. Transcurre un tiempo difícil de calcular, como difícil es saber qué pienso cuando veo aquel auto estacionado y por qué utilizo la puerta del costado para entrar.
Es hora de que a una risa entre falluta y seductora le siga un ruido de papeles importantes apilados sobre la mesa. Y así se muestren el juego y la apuesta, las condiciones implícitas y la intención de ventaja maquillada de beneficios mutuos.
Del aprieto ella sale con algo que permite ganar tiempo: ¿más té? por ejemplo. Y otra vez el odioso entrechocar de tazas y cucharitas, las miradas furtivas, un extraño juego de seducción y desgaste que no se sabe a dónde conducirá. Algo está claro: se ha ido demasiado lejos, no hace falta más que mirar su cara. Los ojos de ella piden auxilio pero detrás de la puerta el mensaje no llega: Instrucciones para seguir o detenerse, una vuelta de tuerca en el libreto o un paso al costado, llevar las cosas al límite o qué. Nada. No hay respuesta, o sí: ese mutismo, ese mirar la escena que derivó hacia algo inesperado, y ahora resta saber cómo termina y qué lugar le cabe a cada uno. Su fascinación con los prolegómenos de aquello que él no soportará presenciar, podría ser una respuesta –me digo ahora. Pero son sólo conjeturas; no tengo edad suficiente como para entender algunas motivaciones de la gente mayor. Mis ojos todo lo ven, y lo que no, hay que inventarlo, buscarle un lugar coherente en el relato, disimular contradicciones: habrá que explicar muy bien lo ocurrido y todo debe cerrar. Dejarse de joder, por ejemplo, con la contigüidad de un armario intrascendente, lleno de trastos viejos que a nadie le importan, y con el famoso martillo que juré y perjuré no saber cómo llegó a mis manos.
Sólo puedo hablar de las cosas que retornan caprichosamente a mi cabeza y producen esos cambios de perspectiva: de aquel lado, el tono amistoso de un diálogo en clave de mentira, de éste, un morboso escrutar, un gusto por jugar con los tiempos, por tirar de la soga y ver dónde se corta. ¿Quién engaña a quién? – me pregunto y me seguiré preguntando. ¿Cómo hacer para ponerle nombre a todo el disparate, la locura que veo, deduzco, imagino?
El vértigo de los acontecimientos y la inercia, conduciéndonos a donde no tenemos idea. Todo es tan extraño, tan real, tan diferente a la otra historia, como una vía que poco antes de llegar al final se bifurca y arriba por sorpresa a un nuevo destino.
El toallón se afloja varias veces y ella lo acomoda: es casi una manía, una obsesión, hasta que, finalmente, cae en las manos del sujeto y ya nada puede hacerse. Los ojos, el silencio espeso, la penumbra, las respiraciones...
Miro mis manos: sostienen con firmeza un martillo, y no pienso qué será de mí después de esto, no pienso nada. Lo demás son imágenes borrosas, fotos viejas atacadas por la acción del tiempo:
La silueta de mi padre archivando esos papeles importantes, mis pasos sigilosos hacia el dormitorio y su frase rondando mi cabeza mientras abro la puerta:
“alguien tiene que poner las cosas en su lugar”.

UN GIGANTESCO VOLCÁN

Los fondos daban a un pequeño baldío y dos talleres mecánicos abandonados: uno de afinación y otro de chapa y pintura. Al costado parecía haber un criadero de huskys que a partir de la tarde aullaban desconsoladamente (todavía tengo impregnado el olor de sus cacas, aunque tal vez se me estén mezclando las cosas).
Lo más desgastante era la manía clasificatoria de Alberto: “acá las herramientas con mango de madera, no las toque, por favor.” “Cuidado con los cortantes y las mechas (en orden decreciente sobre el piso), a ver si se resbala.”
-Este local tiene cosas raras –me dijo-, aquella columna cortada ¿dónde se vio algo igual? Ahora las otras deben soportar más peso. Además, esa escalera que baja no conduce a ninguna parte, un absurdo, una locura, y así varias cosas más... Hágame caso –sugirió- peléele el precio al dueño, no puede ser que....
-Vea, Alberto, si hacemos quilombo por cada cosa que aparezca no abrimos más el negocio. Hay que terminar cuanto antes con los arreglos ¿me entiende?
-Pero...¿ y los pozos?
-Me tiene harto, Alberto. Si esto fuera por teléfono, ya le habría cortado. ¿Ud. se cree que yo no tengo otra cosa...? Perdón, ¿qué pozos?
-Los ciegos –dijo con naturalidad-. Aparecieron dos cuando levantamos las baldosas viejas.
-¡Con razón esa baranda! -grité.
-Y ¿qué quiere, olor a rosas?
-No, quise decir...¿cuántos hay?
-Hasta ahora dos, ya le dije. Pero, ojo, mi tío dice que puede aparecer algún otro.
-¿Su tío el ayudante?
-Si, es medio brujo: con una varita es capaz de encontrar agua, mierda o hasta un esqueleto. Y no es descabellado pensar que haya más pozos. Este edificio es tan viejo que, seguramente, a medida que un pozo se llenaba, abrían otro al lado.
-Y ¿ahora qué hacemos?
-No sé, Ud. me tiene que decir. La cloaca está conectada, pero mal. Los pozos siguen trabajando, y encima están sin la ventilación obligatoria.
-¿Y eso?
-Es un peligro... ¡Juntan gases! ... ¡¡Pueden explotar!!
Una especie de vahído me tomó por sorpresa.
-¿Qué sugiere, Alberto? Nunca fue tan necesaria su opinión de experto como ahora. Por favor expláyese sin miedo, dígame la verdad aunque sea dura, No se guarde nada.
Se llevó la derecha a la frente, entornó los ojos, tamborileó unos segundos sobre la calva y llegó a morderse los labios dos o tres veces antes de mirarme fíjamente.
-Es como si estuviéramos parados sobre un gigantesco volcán de mierda.
Miré la maza que descansaba ordenada en el suelo y por un segundo tuve la tentación de machucarle los dedos.
-Le ruego que diga algo distinto de lo que ya sé.
Hizo que no con la cabeza, como arrepentido.
-Disculpe. Quise decir...Hay que hablar urgente con los dueños para desactivarlos.
-Mi novia, el hermano y mi socia quedaron en pasar en dos horas para ver como andaba todo. Voy a llamar a los dueños, a ver si también pueden estar.
-¡Ah! –dijo- me olvidaba, mire esto –tomó una varilla de un metro y medio, y al apoyarla en el piso se enterró por completo-. Esto pasa –aclaró con tono docente- porque el suelo está húmedo a raíz de los pozos. Si ponemos la cerámica sin hacer una losa se nos hunde seguro ¿eh?
-Ya es demasiado, Alberto, No me cargue más porque voy a estallar yo también. Mejor Ud. siga con su tarea arqueológica, y en dos horas nos vemos –dije y me fui.
Cuando regresé ya estaban Julieta (mi novia), Santi (su hermano) y Florencia (mi socia) en la puerta, tapándose la nariz con un pañuelo.
-Pasen, pasen -.grité- no se achiquen, total en unos minutos se les acostumbrará la nariz.
Salió Alberto y con actitud de noticiero anunció:
-Mi tío tenía razón –nos miramos-: son cinco, más la cámara séptica, claro. Algo hay que hacer porque si no...-(la sombra del vahído, otra vez)
-¡Basta, Alberto! –volví a gritar- ¡Contrólese, por favor! Estamos viendo. La situación nos supera. Denos tiempo para reaccionar, viejo. Lo último que hay que perder es la calma.
-Yo digo, nomás –se disculpó.
-De acá no nos movemos hasta que llegue el Sr. Paredes –sentenció furiosa Florencia.
-Esa es mi socia, carajo –exclamé como para distender.
-Boludo, no te cagues de risa que esto es gravísimo –reprobó.
-Lo que sí -advirtió Alberto-, para moverse por el salón principal utilicen los pasajes numerados que están entre pozos, no queremos lamentar una desgracia. ¡Ah! Y no me pisen...
-Si, ya sé –interrumpí-: la herramienta. A propósito, ¿las mechas no están demasiado cerca de la boca del pozo 3?
-Puede ser, pero no tengo otro lugar donde dejarlas ordenadas. De cualquier manera, ese pasaje lo vamos a clausurar ya mismo –y corrió a sacarle la numeración. Lo hizo de un tirón, como con bronca.
-Estamos todos muy nerviosos –reconocí al ver los rostros desencajados- hay que mantener la cordura, de alguna manera vamos a salir de esto, estoy seguro.
Julieta pidió que se abrieran de par en par las ventanas porque no resistía más y Santi comenzó a forcejear con una manivela rebelde. Aproveché a escabullirme, y para eso tomé por el pasillo 4 ubicado entre los pozos 4 y 5 que Alberto, en un gesto de machismo había desaconsejado para las mujeres por su riesgo. En el último salón el aire era fresco y considerablemente más respirable. Detrás de mí llegó Alberto y nos pusimos a fumar.
-Venga, mire –dijo, invitándome a subir a la medianera. Del otro lado se alcanzaba a ver un recinto desordenado y lleno de telarañas; en la pared, una madera con herramientas dibujadas, un banco de trabajo, una morsa oxidada. Acercó su boca a mi oído en tono confidencial:
-Si por algún motivo su negocio se cae, le ofrezco poner un taller de afinación en sociedad ¿qué le parece? Es un viejo sueño que tengo: nada de fosas, nada de grasa, todo limpio.
-Lamento decirle: de este tema no entiendo nada.
-No se preocupe, yo sí –lo miré extrañado-. Usted sólo tendría que poner la guita y algunos contactos.
Quedé sin palabras, mirando cualquier cosa.
-Piénselo tranquilo –insistió- si esto se cae, ya sabe...
Se escuchó un rumor proveniente del salón principal, o voces que desentonaban; algo había ocurrido y quise saber. Era el Sr. Paredes y su esposa.
-Recibieron mi mensaje, menos mal –exclamé.
-Si, claro -dijo Rita Paredes-, pero, ¿qué es todo este desastre? ¡Por Dios, mi local!
-Su local, señora, está construído sobre un gigantesco volcán de mierda –sentí la mirada densa de Alberto-. Ya sé que la frase es suya, Alberto –lo encaré-, pero como a mi me gustó la acabo de adoptar. A propósito –dije, ahora dirigiéndome a la concurrencia- ¿se puede saber dónde se metió mi novia?
-Cuando llegamos ya no estaba –dijo el Sr. Paredes.
-Florencia y yo estuvimos un rato forcejeando con la maldita ventana –dijo Santi- y cuando volvimos la vista ya no estaba, no tengo idea donde...
-Se ve que no aguantó y salió a tomar aire –soltó Florencia, como restando importancia al asunto.
-Mirá que mi hermana es muy distraída ¿eh?...
-Por favor, Santi –interrumpí ofuscado-, si conoceré a mi novia: se cansó, no hay duda –aclaré mirando los cinco pozos. No hay ninguna razón para crear más intranquilidad de la que ya tenemos.
Por un instante quedé sorprendido porque el pozo 3 burbujeaba profusamente. El Sr. Paredes se percató y me palmeó suavemente el hombro:
-Tranquilo, de algún departamento habrán tirado la cadena, eso es todo. –Lo miré sin poder disimular mi odio.
-Usted ya sabía de todo esto y se calló bien la boca.
-Le juro que no tenía ni idea. Me acabo de desayunar al mismo tiempo que usted.
-Por favor –saltó Santi- no hablen de comida que me da asco.
-Yo, lo único que quiero saber -sintetizó mi socia- es quién se va a hacer cargo del muerto...quiero decir del problema.
-Tranquilos, muchachos –intercedió Rita Paredes- ya vamos a encontrar una solución; hablando se entiende la gente. Seguro que el consorcio, de algo se hará cargo y...
-¿Cómo el consorcio? –gritó Florencia-. ¿Ustedes son los dueños y no piensan poner nada?
El Sr. Paredes me hizo un gesto de que pasáramos al salón del fondo invitándome a dialogar entre hombres sobre el asunto: “las mujeres –me dijo con actitud cómplice- se calientan con mucha facilidad y no sirven para estas cosas ¿verdad?.” A la reunión se colaron Santi, y Alberto, a cierta distancia, en calidad de eventual consultor. Atrás quedaron Florencia y la señora Rita con ánimos caldeados: sus voces chillonas se escucharon de fondo durante el largo rato que duró nuestra conversación de hombres en la que el señor Paredes procuró por todos los medios eludir sus responsabilidades.
Llegado a un punto, los chillidos se hicieron graves para luego cesar por completo, cuestión que, por algún motivo, nos sobresaltó a todos. Alarmados por una especie de grito ahogado muy desagradable quedamos paralizados durante algunos segundos. Instintivamente, el señor Paredes corrió hacia el salón principal como temiendo algo (supuse que su esposa tendría una condición cardíaca o algo por el estilo) y detrás suyo Santi, más pálido que nunca, a la pasada comentó: “creo que hoy a éste lo termino ahorcando”.
Ahora el grito era del Sr. Paredes:
-¡¿Cómo puede ser?! –Iba a preguntar por las dos mujeres, pero Santi me ahorró la pregunta:
-¡Usted tuvo la culpa de que se nos fueran! –gritó a voz en cuello.
-¡Parece una maldición del cielo! –continuó lamentándose Paredes, y luego, más resignado-:
-¡Algo debo haber hecho yo, señor...algo debo haber hecho!
-Ya lo creo –ironizó Santi-: dejó que las cosas avanzaran demasiado, y ahí tiene las consecuencias.
Me pareció insólito oir al viejo lloriquear como un chico, pero tuve que creerlo: con esa imagen arrogante, y ahora convertido en tan poca cosa... Sea lo que sea –me dije- lo ocurrido no fue una pavada; el hombre está herido, y cuando eso pasa, cualquier negociación se ve entorpecida, se traba, se paraliza, ya sea por el endurecimiento de alguna de las partes o porque surgen rencores, acusaciones o caprichos, cuando no adjudicación de culpas. Todo era confuso, pero estaba claro que iba de mal en peor. Si la defección de Florencia era un hecho, como suponía, me había quedado solo en medio de la tormenta. No sabía qué me invadía más: el pánico. o la decepción.
-Parece mentira –le dije a Alberto-, de mi novia no me sorprende tanto: sólo la une una relación de afecto; ahora, de mi socia, que tiene obligaciones económicas, nunca lo hubiera imaginado.
A medida que hablaba me iba ganando la indignación, era conciente de que me daba manija solo, pero no lo podía evitar. “En tal caso -pensé, no sé si a manera de consuelo-, al Sr. Paredes también lo han dejado solo” y eso, llevaba las cosas al dificil terreno de las diferencias de género. Alberto se quedó corto –me dije- cuando les advirtió a ellas sobre los pasajes. Tendría que haber sido más tajante: “esperen afuera, por favor.”
-La mujer actual –solté con toda la furia- no es ni la sombra de lo que fue a lo largo de la historia, ¿no le parece, Alberto?
-No sabría decirle –contestó con firmeza-. Lo único que sé es que si no hacemos algo pronto, todo se va al carajo, en una palabra: nos hundimos.
-Pensar que al principio - continué- me entusiasmó estar rodeado de tanta mierda: un negocio floreciente, me dije entonces, un aviso del destino, una mina de oro, y ahora los acontecimientos tomaron ese giro inesperado, porque nadie podía imaginar semejante sucesión de renuncias ¿no?
Alberto me escuchaba con la vista en el infinito, como concentrado en mis palabras asentía sin decir nada.
-Encima –continué-, si antes, en condiciones normales era reacio a meter la mano en el bolsillo, ahora, en este estado de crisis, ¿quién le hace poner plata al viejo? Santi tiene razón: es un miserable, un hijo de puta, se merece lo peor.
-Tengo una idea –susurró Alberto en mi oído-.
Eché un suspiro de alivio.
-No sabe cuanto le agradezco –dije-. Lo que más se precisa en esta hora es ideas. Lo escucho atentamente.
-¿Qué tal si aparece mi tío con la varita –explicó- y empieza a recorrer las diferentes habitaciones gritando que hay más pozos?
Lo miré intrigado.
-Eso –continuó- serviría para presionar a este hombre, obligarlo a negociar. ¿Qué le parece?
De la nada apareció el tío con la varita simulando un recorrido, nos miraba y se restregaba las manos como gozando su posible entrada en acción. A lo lejos, la potente voz de Santi se hacía notar sobre la del Sr. Paredes, que irrumpió en un violento ataque de tos.
-No sé si tiene sentido semejante movida, Alberto –dije-. A este tipo de gente nada la conmueve, o mejor dicho una sola cosa.
-¿Qué? –preguntó intrigadísimo-.
-La muerte.
El rostro de Alberto se desencajó de golpe. Como si se tratara de una máscara de goma, se contrajo y expandió varias veces. Me pregunté qué quería decir todo eso, a qué venía tanta mueca ¿era asco, temor, incredulidad?
-No creo que haya dicho algo del otro mundo...-intenté decir, pero él me detuvo con la palma abierta en el aire. Recién ahí advertí que la tos perruna del Sr. Paredes se volvía ahogo, arcada o algo por el estilo, indefinido, pero sumamente desagradable, al tiempo que el potente vozarrón de Santi ya no se escuchaba. De inmediato me asaltó un pensamiento: “ojalá esté recibiendo su merecido.” El tío, que sorprendido por los extraños ruidos había soltado la varita, me tomó suavemente del brazo y con tono paternal dijo:
-Ud mejor se queda acá conmigo mientras mi sobrino va a ver ¿si?
Pero no resistí con él más de uno o dos minutos, la espera se hacía intolerable y los nervios me devoraban. Cuando llegué al salón principal, Alberto comenzaba a incorporarse (al parecer, había estado arrodillado junto a los pozos 2 y 3, que burbujeaban estrepitosamente). No había rastro alguno del Sr. Paredes ni de Santi. Al tiempo que se erguía creí ver movimientos de su mano, como de persignación.
-Si no es mucho pedir –dije- ¿qué explicación lógica y coherente se puede encontrar a todo este disparate?
-Disculpe que no le haya dicho, pero soy muy creyente...
-No me refiero a eso, Alberto, -aclaré- ¿Es que todos los que me rodean se han vuelto locos de golpe y al mismo tiempo?
-¿Por qué? –dio vuelta la pregunta-. ¿Ud. tiene alguna idea formada?
-No sé cómo tomarlo: ¿el suicidio de la ballena? ¿la conducta del avestruz? ¿las ratas abandonan el barco? Es todo muy extraño, ¿se da cuenta o no?
-Me parece –dijo con una forzada seriedad- que de chico Usted veía demasiado a Tarzán...
-O de grande al Discovery Channel –agregué, y a continuación los dos estallamos en una ruidosa carcajada. Fue un recurso muy oportuno –pensé- a la hora de distender las cosas.
-No –retomó-, ahora en serio: ¿qué sentido tiene buscar explicaciones? ¿eh? La mente humana es una caja de sorpresas y...
-Ud. dice así -insistí- para suavizar las cosas, pero en el fondo, sabe perfectamente que todo esto es demasiado para ser casualidad...
Me reconvino con la mirada.
-Está bien, Alberto, está bien, vamos a hacerle caso: mejor no pensar. ¿Qué le parece si recoge la herramienta y vamos saliendo?
Me volvió a mirar, pero esta vez desconcertado.
-Esto no da para más: ¡se cierra el boliche por falta de cuorum! –vociferé.
Como si le hubieran puesto un resorte, metió todo en una bolsa y en un santiamen se cambió de ropas. Cuando reaccioné ya estaba esperándome en la puerta. Su rostro dejaba entrever cierta mezcla de expectativa con satisfacción.
-Tenemos que hablar de negocios, Alberto, a ver si podemos ponernos de acuerdo sobre esa idea suya...
-Cómo no –dijo-, cómo no. Todavía estamos a tiempo, un negocio redondo y limpio, por sobre todo. Ya va a ver que le va a gustar.
El sol de las cinco sobre las ventanas empezó a darme sueño. A lo lejos, crecía el barullo de las chicos que salían del colegio. Con las llaves en la mano eché una última y melancólica mirada hacia el salón antes de cerrar. Lástima que tanto esfuerzo haya quedado convertido en un asqueroso campo minado.
-Disculpe...-dije sorpresivamente con la puerta entreabierta-. Una pregunta más: ¿Qué es esa mancha como aceitosa alrededor de los pozos? A la mañana no estaba y...
-Uno: no tengo idea –contestó, esquemático-. Dos: ya es tarde para investigar, ¿no le parece? Y, tres: por las dudas, no se acerque, a ver si en una de esas, se va para adentro y también lo perdemos.
Una historia termina –pensé- y otra está por comenzar. Creo que esta vez las cosas van a salir mejor. Alberto es de esa clase de gente que persevera hasta salirse con la suya.


(Cuento Finalista del XI Certamen de Cuento Corto “Tierra de Monegros”- (Huesca – España) 2009 –

LA BOCA ABIERTA

Pocas horas atrás la noche se cerraba. Todo era nubarrones densos y promesa de una luna que se iba en amagues, sin aparecer completamente. Para entonces, Eli ya dormía a mi lado con la ropa puesta. Por alguna razón no me venía el sueño: efectos de una cena exagerada, inquietud, o acaso nada que pudiera volverse concreto o reconocible a esa hora. La hora de ir cerrando los ojos, de pensar cosas agradables, poner la mente en blanco, como siempre supo hacer Eli: una facilidad envidiable para activar desde temprano el piloto automático y abandonarse, con el control remoto sobre una mano completamente floja, y la boca, a lo bobo, enteramente abierta.
Me asomé con curiosidad casi científica a esa manera tan particular de alejarse del mundo, y así me quedé un rato, mirando sin entender. Recuerdo: deslicé el control hacia mí sin que Eli lo notara y consideré las opciones: la noche iba a ser larga, me temía. Otra vez el grupo de fanáticos y la gresca a la salida del clásico. Cada vez que enfocan al delantero, éste escupe sobre el campo de juego, y todo da igual, me dije entonces, buscando un pretexto para quejarme, pero el tema ya no tenía gracia. Lo que sí daba gracia eran las modificaciones del rostro de Eli, tan relajado que dejaba caer ese hilito de baba normal en estos casos. Miré por la ventana. Afuera era de noche. La luna no se dignaba a aparecer. Me vino a la cabeza que el cuadro que formamos con Eli es apenas un patético bosquejo, un caso de extraña pareja por conveniencia, pero hay cosas peores, recurrencias que dan bronca: el furcio de ese tipo, repetido hasta el cansancio, como si fuese gran cosa, por ejemplo.
De pronto, Eli hizo una mueca grotesca cuando anunciaron la historia del que perdió la vida para entrar en el Guiness. Y hasta lanzó un resoplido cuando nombraron al Banco Mundial. Después hubo un impasse, se quedó inmóvil, hubiera jurado que sin respirar. Salteé la negativa del alcalde a aplazar una ejecución y , con la misma prisa, otra orgía de leones sobre el cuerpo de la cebra que revolvía el estómago.
No puede ser que Eli duerma toda la noche sin parar –me dije-, no es normal. La palidez que adquiría me preocupaba especialmente, al punto que sospeché una descompostura (y estuve tentado de auscultarla). Es como si a esta hora se debilitara –pensé-, le faltaran nutrientes, tuviera la presión por el piso o algo así.
Pero no son esos, momentos de grandes reflexiones. La cabeza no da para mucho, y además, yo también me voy sintiendo débil.
Hay excusas para rechazar casi todo. Es que nada parece conformar a esa altura de la noche: lo que no es frívolo, abruma por demasiado profundo o dramático.
¡Qué barbaridad! –se me escapó a toda voz, pero Eli no reaccionaba. Hasta un chico sabría que esa cita era un engaño y entrar al callejón su sentencia de muerte. Sin embargo, obvio, a la larga salvaría el pellejo, aún a costa de acabársele las balas y andar en una pierna. Y así, como si tal cosa, el brazo herido se aferra bien a la cornisa; de golpe un estallido de palomas y el puñal sigue de largo; luego el resbalón oportuno del villano y el grito en el vacío.
Si no fuera porque lo sé una mentira, juraría que Eli, para ese entonces, estaba en el otro mundo. Su cuerpo tan frio, o mejor dicho helado, las uñas y labios virando levemente al azul y sin embargo, una especie de placidez, de aceptación, de paz en la agonía. De su expresión habitual poco había quedado: apenas unos rasgos sueltos que lejanamente evocaban ese característico perfil convexo. Ahora, el rictus le afilaba el rostro, exagerando un poco el arco de las cejas, aunque no la afeaba, acaso revelaba otra clase de belleza, más (quisiera encontrar una palabra que no fuera diabólica)...digamos, enigmática.
Pensé que mejor, dejaba de mirarla, tan blanca, y seguía decidiendo, pero ignorar el curso de las hechos, detener el proceso, era ya imposible. Entre ese hipócrita que respondía preguntas arregladas y Lecciones Privadas 4, entre Bonanza y un festival de Animex, siempre su respiración entrecortada, sus pequeños rezongos de niña maldita y el ir y venir de los ojos a través de unos párpados cerrados. Su boca, todavía abierta, coronada por infinidad de dientes blancos y puntiagudos, el suspiro, cada tanto, como una descarga necesaria.
Me detengo en ese cuerpo sobre la autopista, a un lado del amasijo de hierros, empapado en su propia sangre, sangre de verdad –me digo cautivado por la toma que perdura unos segundos.
Es esa obscena curiosidad la que ahora me lleva a unas cavernas en la India, donde hay crías pidiendo a gritos alimento, hay cabezas monstruosas de padres con fauces abiertas, colmillos curvos y afilados; cientos, miles, millones sobrevolando en nubes de un gris sucio y pegajoso. Luego un grupo de cuatro o cinco se ha separado y baja en las inmediaciones de una granja. Ni bien pliegan sus alas dejan ver un aspecto mucho más horrendo ( y a la vez hermoso) de sí, caminan extraña, ridículamente, casi reptando hacia el establo, hasta quedar agazapados a un costado de la presa. Hay algo de humano en esa especulación –pienso -, ese juego de distracción en que han de aguardar lo que sea necesario hasta encontrar un cuerpo fácil, involuntariamente entregado, entumecido por el sueño. Es notable la familiaridad con que tratan a la víctima: parecen viejos conocidos. Ella los ha visto, pero sabe que tarde o temprano la vencerá el sueño y todo será inevitable. Se miran sedientos y ansiosos bajo la luz mortecina del establo. El sonido de unos grillos se mezcla con el de sus bocas llenas de saliva espesa que por momentos cae al suelo. Hay jadeos cortos preludiando lo inminente. Todo será pautado y cruel, pero necesario. Habrá ligeras convulsiones y una brisa meciendo la cortina, venas que se ocultan y reaparecen con sucesivas posturas y un rumor de boca pastosa y sed que excita. El sino brutal que impone la supervivencia, certeza de un drama ancestral, propio y anónimo a la vez, condición de ambigua humanidad que por momentos molesta, límite difuso entre vivir y morir que se atraviesa cada noche. Automatismo que no se cuestiona ni se explica, tan sólo se padece: El estado de reposo, dejar correr el tiempo, pacientemente, a la espera de un indicio que abra el camino al milagro de subsistir: unos ojos entornados, una mano completamente floja, labios y uñas virando al azul, finalmente la luna dejándose ver y mi boca, abierta, en su cuello.