Orletti no tuvo mejor idea que explayarse, al momento del lomo grillado a las finas hierbas.
-Tal vez la presencia de carne en la mesa lo haya inspirado, doctor- deslizó con ironía Monte Pelone-.
-Tenía dos opciones- aclaró Olimpo-: la otra era hablar de mujeres, y la verdad, yo hubiera preferido esa, con gusto- y todos reímos.
La teoría de Orletti sonaba peligrosa. Matar a todos los suicidas antes de que actuaran, para evitar un mal mayor, no garantizaba nada.
De pronto, sentí un impulso incontrolable y pregunté ”si Ud. supiera que una vez yo también estuve a punto, ¿qué diría?”
-Que su caso es distinto, mi amigo, Ud. es un hombre, y además instruido. Esos pibes son... asesinos en potencia. ¿Más vino?
Seré coincidía en parte con el planteo de Orletti, pero proponía que la acción estuviera a cargo de grupos altamente especializados, con información confiable y todos los medios necesarios.
-Casi tendría que abrirse un nuevo ministerio a esos efectos- gruñó Andrés Vesubio. ¿De cuánta gente estamos hablando?
Seré tranquilizó a la concurrencia:
-Guarda que se está evaluando en las más altas esferas, -dijo, como quien comparte un secreto- se los aseguro. Esta misma conversación ellos ya la vienen teniendo desde hace dos meses.
-Y, ¿se puede saber a qué conclusión llegaron? -preguntó alguien-.
-Comprenderán que de algunas cosas no se me permite hablar.
-Y ustedes comprendan que la cosa no da para más con esto de los suicidios en masa –saltó Olimpo-, hay gente que ha quedado destruida, familias enteras. Sin ir más lejos, ¿Saben lo que es manejar un ultrarrápido, y ver como a la distancia se preparan y luego se tiran sin dar tiempo a frenar, y encima, después ver esos...
-Les pido por favor, gente, que estamos comiendo –reclamó Seré.
-Eso – retomó Monte Pelone – mejor volvamos a la opción dos: mujeres. ¿Vieron lo buena que está Fabiana Ponce?
Mi taxi tardaba en llegar y Andrés Vesubio se ofreció a llevarme. Sugerí un camino alternativo para evitar las zonas más peligrosas, pero, según el mismo gobierno, últimamente ya no había zonas del todo seguras. Vesubio aprovechó el trayecto para relatarme episodios con lujo de detalles. Las chicas preferían hacerlo de día; los muchachos se inclinaban por las primeras horas de la madrugada, cuando la vista del conductor suele estar cansada o algo confundida por el resplandor del insipiente día. Siempre es fundamental el efecto sorpresa. En cosa de dos o tres segundos los hechos ya estaban consumados: el desorden de cuerpos ( algunos despedazados) y después, el conductor que retrocedía (aunque no siempre) y quedaba atrapado por esa imagen, conmovido, fascinado, en fin.
-Ahí empieza la otra historia –dijo, y lo miré intrigado.
-O sea, lo que ocurre con los involucrados que no han muerto.
Sorpresivamente Vesubio hizo una maniobra brusca y tomó por una calle lateral. Eso me puso bastante nervioso.
-Perdone – se excusó-, pero me resultaba muy incómodo ir por ahí. No conozco ese camino y temo perderme, o comerme un pozo y romper el tren delantero. A esta hora, ¿se imagina? ¿En qué estaba? Bueno, ¡no me mire así!. Usted, tiene algo que perturba.
-¿A qué se refiere?
-¡Ah! Ya sé. Le hablaba de los involucrados que no han muerto: familiares del suicida (algunos caen en pozos depresivos y terminan convirtiéndose a su vez en potenciales suicidas), por otro lado, jóvenes ligados al muerto que terminan imitando su conducta. El conductor, ¡para qué vamos a hablar! Y así...Oiga, ¿qué pasa?
-Dijo que algo lo perturbaba.
-No sé, creo que su frase de hace un rato, durante la cena...
Me contó de un sobrino que había estado metido en esos grupos, que así se enteró de algunos pormenores. Al parecer, los miembros mantienen todo en secreto, especialmente sus pactos de sangre, y no dejan nada por escrito, de esa manera no quedan rastros, tan solo la evidencia de los cuerpos. Intenté saber cómo lo había afectado la muerte de su sobrino, pero él eludió el tema con una respuesta bien armada: “el pibe era un loquito como tantos otros, un desafiante, ese final estaba cantado”.
Tomamos una curva muy cerrada y el auto mordió bruscamente el cordón de la vereda. Ambos nos sobresaltamos. Entonces, él reconoció que ese día estaba algo torpe y pidió disculpas por eso. Las calles, a esa hora habían quedado prácticamente desiertas: alguna que otra persona realizando actividades muy puntuales: sacando la bolsa de la basura, cerrando el baúl del automóvil o llamando al perro.
-No se puede seguir así – dijo, de pronto, al tiempo que movía la cabeza a los costados. No atiné a decir nada. En realidad, no entendía a qué se refería.
-Las cosas ya están ocurriendo –continuó- aunque desde arriba no se tomen las medidas, ¿entiende? Hay quienes hacen justicia por las suyas, y son más de los que ud. cree. ¿Sabe? –dijo, mientras aceleraba-, tengo un mal presentimiento...Este camino que tomé no me gusta.
-Sin embargo está bastante tranquilo –respondí-.
Volvió a mover la cabeza
-Cómo se ve que ud. tiene poca calle, amigo. Últimamente es así: todo está tranquilo hasta que, de golpe, ya no lo está.
-Mire – dije, levantando un poco la voz-, según los diarios...
-¡Los diarios! – me interrumpió gritando-. No dicen ni la cuarta parte de lo que pasa. –Disculpe- continuó, ahora bajando el tono de voz-, pero el tema me... moviliza especialmente.
Después se hizo un silencio espeso cuando penetramos en un túnel que parecía no terminar más.
-¡Carajo! ¡Qué es esto! – soltó-.
Ahí confesó que estaba un poco desorientado, y eso me dio más miedo (me noté tembloroso, como con frío. Irrumpieron recuerdos de la internación en la clínica, las pastillas que me negaba a tomar, los psiquiatras, en fin, cosas feas.
-Usted ...– dijo Vesubio, como meditando lo que estaba por decir-. No entiendo muy bien qué hacía en la reunión. La verdad (y espero no se ofenda), no le veo uñas de guitarrero.
-Yo – dije con temor- , pasé una situación, es decir una época...
-Ya sabemos – contestó muy seguro -, estamos informados de todo.
-¿De todo?
-Si, pero considerando sus antecedentes familiares... Seré insistió mucho. Ojo, quiero que sepa, mi amigo: nos hemos jugado pasando por alto ciertas cosas... Y no es algo común. Yo que usted me sentiría honrado y reconocido. ¿Qué fue eso? –dijo sobresaltado-.
-No sé, yo no escuché nada.
-Yo sí –insistió-. -Pero, bueno, tal vez esta situación que vivimos nos pone a todos un poquitito paranoicos, je je. Como en una guerra. Igual presiento algo que no me gusta. Oiga, sería mejor que usted se bajara.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
-¿Por qué? ¿Ahora? ¿En este lugar? ¡Ni loco!
-Pasa – explicó – que si ocurre lo que presiento, tal vez tenga que ver cosas muy desagradables y...
-No me importa.
-Yo siempre voy preparado, por si las pulgas – dijo, como ignorando mi respuesta, al tiempo que golpeaba la guantera con el dedo índice.
-Dije que no me importa – insistí-.
Salimos del túnel oscuro a una calle iluminada exageradamente. Vesubio aceleró con todo y al pasar por las cunetas el auto quedaba suspendido uno o dos segundos en el aire. Había tirado el asiento hacia atrás y parecía un corredor de fórmula uno.
-¿Sabe una cosa? – dijo-. –Yo no sé si confiar plenamente o no en usted. Lo que sí espero es que no nos defraude: por el bien de todos, de la causa y el suyo en especial.
El vehículo derrapaba riesgosamente en cada curva, pero él no perdía su convicción.
-El fracaso no nos gusta, pero si hay algo que directamente no toleramos es la traición. ¡Ahí están!- gritó en voz baja, señalando con la vista-. –Allá, en la esquina ¿no los vé? Detrás de ese container, agazapados, como buitres en busca de su presa. ¿Se da cuenta? Son ellos o nosotros.
-Me doy cuenta – respondí
-Imagínese si ganaran. ¿Qué quedaría? Un país vacío, de valores y de gente, un mundo lleno de dudas, de desesperación y de muertos.
-Necesitamos gente muy valiente – dijo antes de pasar por una gran cuneta, y que el auto volara como un pájaro-. – Usted, ¿será así?
Insistí en que tomara una diagonal y él alcanzó a girar a último momento, casi sobre la vereda.
-Y este cambio, ¿por qué? – preguntó sin pretender respuesta ni soltar el pie del acelerador.
-...gente con pelotas...- continuó entusiasmado-. -¿Usted estará a la altura?
Pasamos varios semáforos en rojo y nuevamente noté vacilación. Señalé una avenida y él tomó rápidamente por ella sin oponerse. Cruzamos un centro comercial, a esa hora lógicamente cerrado. En cada vereda grupos de hombres , mujeres y niños juntaban cartones y otros desperdicios.
-Estoy un poco confuso – declaró-. -Se ve que ese vinito me...- y soltó una carcajada ensordecedora-. –Usted no toma ¿no? -dijo-. -¿Qué pasa? ¿Le comieron la lengua los ratones? Oiga. Usted, por casualidad no será un flojo ¿no? ¿O un homosexual?... Porque si es así, se equivocó de grupo. Aunque –volvió a reírse como un loco-, la verdad, ya sería tarde para lágrimas.
Vesubio sintió mi mirada y por unos segundos quitó la vista del camino para observarme, desafiante. Entonces el auto se movió peligrosamente hacia los costados y él enderezó el rumbo.
-Cuando uno conoce demasiado no hay vuelta atrás – declaró, encogiendo un poco los hombros-, todo el mundo sabe eso. Pero usted es de los nuestros, lo presiento – dijo, con un raro entusiasmo-. –Estos no son tiempos para tibios. ¡Está clarísimo! Si hay que ir al frente, hay que ir, y si hay que dejarlo todo (usted me entiende), pues así tiene que ser. ¿Sabe una cosa? Tengo la extraña sensación de que estamos dando vueltas en círculo, y eso no me gusta nada. No sé si será mi estado, pero ya cruzamos varias veces las mismas calles. ¿Qué mierda está pasando acá? Usted indica el camino y...¿Acaso también está en pedo o qué?
Atrás una sucesión de letreros apagados, hombres, carros cruzados en medio de la calle y pilas de cartones. Adelante un largo camino doble mano, riesgoso, familiar, con poca banquina y escasez de luces, abundante vegetación donde poder ocultarse. Al final de todo, la fábrica cerrada devenida en paredón lúgubre, objeto de graffitis para vivos y muertos, signos herméticos, logos de tribus efímeras. Los ojos desorbitados de Vesubio ahora fijos en la ruta, la transpiración recorriéndole la frente y el cuello.
-Ud. me trajo acá – gruñó amenazador - y usted me va a sacar, grandísimo estúpido...¿o grandísimo hijo de puta? ¿Cómo prefiere que lo llame? – preguntó sin suerte una y otra vez.
Cada tanto sus ojos vigilantes saltaban de un costado al otro del camino. Oscuridad y matorrales no le permitían ver ni pensar. Un larguísimo instante en que no supo cómo salir del pozo de sombras que acechaban. Cada metro era alguien que corría, dos que saltaban encima, o simplemente un pequeño grupo esperando acostado en el asfalto.
-Usted se merece un tiro acá, dijo, señalando al entrecejo-. –Y yo otro, por meterme tan confiado en la boca del lobo. ¡Qué imbécil! Pero esto no va a quedar así – advirtió, mientras bajaba la ventanilla y el viento frío se apoderaba de la cabina del auto-.
-Sus amiguitos – continuó – van a ver lo que es bueno, antes de irse al otro mundo.
En un rápido movimiento Vesubio abrió la guantera y sacó un arma, que comenzó a asomar por la ventanilla al tiempo que gritaba:
-¡¡Salgan de una vez, loquitos!!, que antes de verlo al barbudo hoy van a pasar por mi oficina – y el pie se hundió en el acelerador hasta que el motor pegó un rugido ensordecedor y tironeó hacia delante-.
Plantas y sombras que están y no están. ¿qué son o no? ¿Es el viento o quién?
-¡¡Salgan, maricas!!
Sombras de cuerpos que van y vienen, que tan lejos preparan el ritual y se hablan, se besan, se despiden. Los ojos atormentados de Vesubio lo dicen todo, sus manos queriendo destrabar furiosamente el volante, que ya no responde, la llave en mi puño cerrado y, apenas tres segundos después de saltar, el parabrisas que se llena de caras y graffitis.
-Tal vez la presencia de carne en la mesa lo haya inspirado, doctor- deslizó con ironía Monte Pelone-.
-Tenía dos opciones- aclaró Olimpo-: la otra era hablar de mujeres, y la verdad, yo hubiera preferido esa, con gusto- y todos reímos.
La teoría de Orletti sonaba peligrosa. Matar a todos los suicidas antes de que actuaran, para evitar un mal mayor, no garantizaba nada.
De pronto, sentí un impulso incontrolable y pregunté ”si Ud. supiera que una vez yo también estuve a punto, ¿qué diría?”
-Que su caso es distinto, mi amigo, Ud. es un hombre, y además instruido. Esos pibes son... asesinos en potencia. ¿Más vino?
Seré coincidía en parte con el planteo de Orletti, pero proponía que la acción estuviera a cargo de grupos altamente especializados, con información confiable y todos los medios necesarios.
-Casi tendría que abrirse un nuevo ministerio a esos efectos- gruñó Andrés Vesubio. ¿De cuánta gente estamos hablando?
Seré tranquilizó a la concurrencia:
-Guarda que se está evaluando en las más altas esferas, -dijo, como quien comparte un secreto- se los aseguro. Esta misma conversación ellos ya la vienen teniendo desde hace dos meses.
-Y, ¿se puede saber a qué conclusión llegaron? -preguntó alguien-.
-Comprenderán que de algunas cosas no se me permite hablar.
-Y ustedes comprendan que la cosa no da para más con esto de los suicidios en masa –saltó Olimpo-, hay gente que ha quedado destruida, familias enteras. Sin ir más lejos, ¿Saben lo que es manejar un ultrarrápido, y ver como a la distancia se preparan y luego se tiran sin dar tiempo a frenar, y encima, después ver esos...
-Les pido por favor, gente, que estamos comiendo –reclamó Seré.
-Eso – retomó Monte Pelone – mejor volvamos a la opción dos: mujeres. ¿Vieron lo buena que está Fabiana Ponce?
Mi taxi tardaba en llegar y Andrés Vesubio se ofreció a llevarme. Sugerí un camino alternativo para evitar las zonas más peligrosas, pero, según el mismo gobierno, últimamente ya no había zonas del todo seguras. Vesubio aprovechó el trayecto para relatarme episodios con lujo de detalles. Las chicas preferían hacerlo de día; los muchachos se inclinaban por las primeras horas de la madrugada, cuando la vista del conductor suele estar cansada o algo confundida por el resplandor del insipiente día. Siempre es fundamental el efecto sorpresa. En cosa de dos o tres segundos los hechos ya estaban consumados: el desorden de cuerpos ( algunos despedazados) y después, el conductor que retrocedía (aunque no siempre) y quedaba atrapado por esa imagen, conmovido, fascinado, en fin.
-Ahí empieza la otra historia –dijo, y lo miré intrigado.
-O sea, lo que ocurre con los involucrados que no han muerto.
Sorpresivamente Vesubio hizo una maniobra brusca y tomó por una calle lateral. Eso me puso bastante nervioso.
-Perdone – se excusó-, pero me resultaba muy incómodo ir por ahí. No conozco ese camino y temo perderme, o comerme un pozo y romper el tren delantero. A esta hora, ¿se imagina? ¿En qué estaba? Bueno, ¡no me mire así!. Usted, tiene algo que perturba.
-¿A qué se refiere?
-¡Ah! Ya sé. Le hablaba de los involucrados que no han muerto: familiares del suicida (algunos caen en pozos depresivos y terminan convirtiéndose a su vez en potenciales suicidas), por otro lado, jóvenes ligados al muerto que terminan imitando su conducta. El conductor, ¡para qué vamos a hablar! Y así...Oiga, ¿qué pasa?
-Dijo que algo lo perturbaba.
-No sé, creo que su frase de hace un rato, durante la cena...
Me contó de un sobrino que había estado metido en esos grupos, que así se enteró de algunos pormenores. Al parecer, los miembros mantienen todo en secreto, especialmente sus pactos de sangre, y no dejan nada por escrito, de esa manera no quedan rastros, tan solo la evidencia de los cuerpos. Intenté saber cómo lo había afectado la muerte de su sobrino, pero él eludió el tema con una respuesta bien armada: “el pibe era un loquito como tantos otros, un desafiante, ese final estaba cantado”.
Tomamos una curva muy cerrada y el auto mordió bruscamente el cordón de la vereda. Ambos nos sobresaltamos. Entonces, él reconoció que ese día estaba algo torpe y pidió disculpas por eso. Las calles, a esa hora habían quedado prácticamente desiertas: alguna que otra persona realizando actividades muy puntuales: sacando la bolsa de la basura, cerrando el baúl del automóvil o llamando al perro.
-No se puede seguir así – dijo, de pronto, al tiempo que movía la cabeza a los costados. No atiné a decir nada. En realidad, no entendía a qué se refería.
-Las cosas ya están ocurriendo –continuó- aunque desde arriba no se tomen las medidas, ¿entiende? Hay quienes hacen justicia por las suyas, y son más de los que ud. cree. ¿Sabe? –dijo, mientras aceleraba-, tengo un mal presentimiento...Este camino que tomé no me gusta.
-Sin embargo está bastante tranquilo –respondí-.
Volvió a mover la cabeza
-Cómo se ve que ud. tiene poca calle, amigo. Últimamente es así: todo está tranquilo hasta que, de golpe, ya no lo está.
-Mire – dije, levantando un poco la voz-, según los diarios...
-¡Los diarios! – me interrumpió gritando-. No dicen ni la cuarta parte de lo que pasa. –Disculpe- continuó, ahora bajando el tono de voz-, pero el tema me... moviliza especialmente.
Después se hizo un silencio espeso cuando penetramos en un túnel que parecía no terminar más.
-¡Carajo! ¡Qué es esto! – soltó-.
Ahí confesó que estaba un poco desorientado, y eso me dio más miedo (me noté tembloroso, como con frío. Irrumpieron recuerdos de la internación en la clínica, las pastillas que me negaba a tomar, los psiquiatras, en fin, cosas feas.
-Usted ...– dijo Vesubio, como meditando lo que estaba por decir-. No entiendo muy bien qué hacía en la reunión. La verdad (y espero no se ofenda), no le veo uñas de guitarrero.
-Yo – dije con temor- , pasé una situación, es decir una época...
-Ya sabemos – contestó muy seguro -, estamos informados de todo.
-¿De todo?
-Si, pero considerando sus antecedentes familiares... Seré insistió mucho. Ojo, quiero que sepa, mi amigo: nos hemos jugado pasando por alto ciertas cosas... Y no es algo común. Yo que usted me sentiría honrado y reconocido. ¿Qué fue eso? –dijo sobresaltado-.
-No sé, yo no escuché nada.
-Yo sí –insistió-. -Pero, bueno, tal vez esta situación que vivimos nos pone a todos un poquitito paranoicos, je je. Como en una guerra. Igual presiento algo que no me gusta. Oiga, sería mejor que usted se bajara.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
-¿Por qué? ¿Ahora? ¿En este lugar? ¡Ni loco!
-Pasa – explicó – que si ocurre lo que presiento, tal vez tenga que ver cosas muy desagradables y...
-No me importa.
-Yo siempre voy preparado, por si las pulgas – dijo, como ignorando mi respuesta, al tiempo que golpeaba la guantera con el dedo índice.
-Dije que no me importa – insistí-.
Salimos del túnel oscuro a una calle iluminada exageradamente. Vesubio aceleró con todo y al pasar por las cunetas el auto quedaba suspendido uno o dos segundos en el aire. Había tirado el asiento hacia atrás y parecía un corredor de fórmula uno.
-¿Sabe una cosa? – dijo-. –Yo no sé si confiar plenamente o no en usted. Lo que sí espero es que no nos defraude: por el bien de todos, de la causa y el suyo en especial.
El vehículo derrapaba riesgosamente en cada curva, pero él no perdía su convicción.
-El fracaso no nos gusta, pero si hay algo que directamente no toleramos es la traición. ¡Ahí están!- gritó en voz baja, señalando con la vista-. –Allá, en la esquina ¿no los vé? Detrás de ese container, agazapados, como buitres en busca de su presa. ¿Se da cuenta? Son ellos o nosotros.
-Me doy cuenta – respondí
-Imagínese si ganaran. ¿Qué quedaría? Un país vacío, de valores y de gente, un mundo lleno de dudas, de desesperación y de muertos.
-Necesitamos gente muy valiente – dijo antes de pasar por una gran cuneta, y que el auto volara como un pájaro-. – Usted, ¿será así?
Insistí en que tomara una diagonal y él alcanzó a girar a último momento, casi sobre la vereda.
-Y este cambio, ¿por qué? – preguntó sin pretender respuesta ni soltar el pie del acelerador.
-...gente con pelotas...- continuó entusiasmado-. -¿Usted estará a la altura?
Pasamos varios semáforos en rojo y nuevamente noté vacilación. Señalé una avenida y él tomó rápidamente por ella sin oponerse. Cruzamos un centro comercial, a esa hora lógicamente cerrado. En cada vereda grupos de hombres , mujeres y niños juntaban cartones y otros desperdicios.
-Estoy un poco confuso – declaró-. -Se ve que ese vinito me...- y soltó una carcajada ensordecedora-. –Usted no toma ¿no? -dijo-. -¿Qué pasa? ¿Le comieron la lengua los ratones? Oiga. Usted, por casualidad no será un flojo ¿no? ¿O un homosexual?... Porque si es así, se equivocó de grupo. Aunque –volvió a reírse como un loco-, la verdad, ya sería tarde para lágrimas.
Vesubio sintió mi mirada y por unos segundos quitó la vista del camino para observarme, desafiante. Entonces el auto se movió peligrosamente hacia los costados y él enderezó el rumbo.
-Cuando uno conoce demasiado no hay vuelta atrás – declaró, encogiendo un poco los hombros-, todo el mundo sabe eso. Pero usted es de los nuestros, lo presiento – dijo, con un raro entusiasmo-. –Estos no son tiempos para tibios. ¡Está clarísimo! Si hay que ir al frente, hay que ir, y si hay que dejarlo todo (usted me entiende), pues así tiene que ser. ¿Sabe una cosa? Tengo la extraña sensación de que estamos dando vueltas en círculo, y eso no me gusta nada. No sé si será mi estado, pero ya cruzamos varias veces las mismas calles. ¿Qué mierda está pasando acá? Usted indica el camino y...¿Acaso también está en pedo o qué?
Atrás una sucesión de letreros apagados, hombres, carros cruzados en medio de la calle y pilas de cartones. Adelante un largo camino doble mano, riesgoso, familiar, con poca banquina y escasez de luces, abundante vegetación donde poder ocultarse. Al final de todo, la fábrica cerrada devenida en paredón lúgubre, objeto de graffitis para vivos y muertos, signos herméticos, logos de tribus efímeras. Los ojos desorbitados de Vesubio ahora fijos en la ruta, la transpiración recorriéndole la frente y el cuello.
-Ud. me trajo acá – gruñó amenazador - y usted me va a sacar, grandísimo estúpido...¿o grandísimo hijo de puta? ¿Cómo prefiere que lo llame? – preguntó sin suerte una y otra vez.
Cada tanto sus ojos vigilantes saltaban de un costado al otro del camino. Oscuridad y matorrales no le permitían ver ni pensar. Un larguísimo instante en que no supo cómo salir del pozo de sombras que acechaban. Cada metro era alguien que corría, dos que saltaban encima, o simplemente un pequeño grupo esperando acostado en el asfalto.
-Usted se merece un tiro acá, dijo, señalando al entrecejo-. –Y yo otro, por meterme tan confiado en la boca del lobo. ¡Qué imbécil! Pero esto no va a quedar así – advirtió, mientras bajaba la ventanilla y el viento frío se apoderaba de la cabina del auto-.
-Sus amiguitos – continuó – van a ver lo que es bueno, antes de irse al otro mundo.
En un rápido movimiento Vesubio abrió la guantera y sacó un arma, que comenzó a asomar por la ventanilla al tiempo que gritaba:
-¡¡Salgan de una vez, loquitos!!, que antes de verlo al barbudo hoy van a pasar por mi oficina – y el pie se hundió en el acelerador hasta que el motor pegó un rugido ensordecedor y tironeó hacia delante-.
Plantas y sombras que están y no están. ¿qué son o no? ¿Es el viento o quién?
-¡¡Salgan, maricas!!
Sombras de cuerpos que van y vienen, que tan lejos preparan el ritual y se hablan, se besan, se despiden. Los ojos atormentados de Vesubio lo dicen todo, sus manos queriendo destrabar furiosamente el volante, que ya no responde, la llave en mi puño cerrado y, apenas tres segundos después de saltar, el parabrisas que se llena de caras y graffitis.