jueves 21 de febrero de 2008

SECRETOS BIEN GUARDADOS

Todo se muestra y se oculta como por casualidad, tan rápido y tan de a poco a la vez, que es difícil no enredarse en un mar de dudas y contradicciones. Quizá habría que responsabilizar, por un lado a la curiosidad enfermiza, rasgo, entre otros, compartido con Oteiza, aunque no debe escaparse un elemento más, que vaya si tiene su importancia: la supervivencia de la especie. La cosa parecerá intrincada y oscura, lo sé, pero tal vez no haya otra forma de explicar lo ocurrido: Oteiza, yo y una decisión equivocada (otra cosa en común). En realidad, cuando uno hace las cosas al revés, o sea, necesita comprar con urgencia un departamento porque ya vendió el que tenía, se sabe, en el apuro queda más expuesto a cometer errores, me refiero a esas cuestiones de luminosidad y posibles humedades de la nueva vivienda, o el tema de los vecinos, que siempre se toma a la ligera y a la larga suele traer grandes dolores de cabeza. Pero, también hay que decirlo, Oteiza no es una persona fácil (y ahí llegamos a las diferencias).
Yo soy lo que podría llamarse un ser conciliador, alguien que no se precipita a resolver un asunto sin antes haber meditado cuidadosamente, sopesado las alternativas, los riesgos, etc. Claro que eso, como dice Oteiza, lleva a un extremo donde por tanto dudar no se toma ninguna decisión. Oteiza, en cambio, es todo lo contrario: resolutiva, de poco dudar (lo necesario, dice ella), y eso lleva al extremo (digo yo) de terminar propiciando soluciones drásticas de las cuales uno muchas veces se arrepiente.
Planteado así, y sin entrar en cuestiones tan remanidas sobre la complementariedad de los caracteres en la pareja, etc., aclaremos que lo del negocio de comidas era un proyecto que ya rondaba en la cabeza cuando nos conocimos, allá por los ·80, aunque entonces no estaba totalmente definido. La incorporación de una parrilla (idea grandiosa) permitió abrir un campo infinito de alternativas: carnes, verduras, frutas, casi todo se puede hacer a la parrilla, y a la gente le encanta la comida a las brasas, lo que no le gusta es preparar el fuego, controlar la cocción, las salpicaduras de grasa, el olor a chamusque en la ropa.
Ahora bien, mencioné al comienzo el tema de los vecinos y, a decir verdad, por donde se lo mirara era un tema desagradable. De haber sabido que el hijo de los Palumbo era baterista, o que la cortina metálica de al lado correspondía a un taller de carburación, donde a horas insólitas se aceleraban al máximo los motores... pero, cómo saberlo de antemano. Distinto fue lo de Raquel, la vecina de abajo. Tendríamos que haberlo supuesto: mujer mayor sola, la única que tenía patio, lindo, grande, hasta con un poco de pasto, ideal para llenarlo de plantas y macetas con flores, pero no, ella juntaba, hospedaba, coleccionaba, gatos. Lo supimos porque espiábamos con un espejo por la pared (costumbre que conservamos hasta hoy casi como un vicio). Al principio rescatábamos el carácter bondadoso de Raquel, como se decía en el barrio, por eso de dar cobijo a cuanto gato abandonado apareciese y curarlo, pero, a medida que pasaban los meses el pensionado ya contaba con diecisiete habitantes estables, más los ocasionales que venían sólo a comer, aparearse o pasar la noche, y el olor a excrementos, que subía, sobre todo con el sol del mediodía, era sencillamente repugnante. Al estar fuera de casa durante horas, Raquel no alcanzaba a desagotar el patio sino hasta bien entrada la noche, y el padecimiento ya lo habíamos tenido. Manipular comida y cocinarla en medio de esa atmósfera no era nada sencillo. Al principio, yo vivía al borde del vómito, pero luego, a fuerza de Reliverán y desodorante de ambientes imperó el acostumbramiento. Ayudó también, para ese entonces, que el negocio de comidas iba viento en popa y tanto trabajo no nos dejaba pensar, aunque el despegue definitivo vino después, cuando a Oteiza se le ocurrió la brillante idea de incluir en el menú lo que se transformaría en especialidad de la casa: liebre, a la cacerola, en escabeche, y, por qué no, dije yo, a la parrilla.
La encargada de las compras en el mercado mayorista siempre había sido Oteiza; era necesaria una mentalidad pragmática capaz de tomar decisiones rápidas, y yo, nunca fui bueno en eso. Tampoco para cortar grandes pedazos de carne o pollos. Desde chico, me impresionó ver al animal muerto entero, si eran trozos no. Entonces ella traía pollos y liebres ya trozados, y yo, agradecido: eso me facilitaba la tarea y me evitaba disgustos.
Digamos que nuestro público, oficinistas, pequeños comerciantes, en fin, clase media sin demasiadas posibilidades, era poco conocedor del buen comer, lo cual nos dio espacio para crear y experimentar. En ese sentido, si bien nos distribuímos las tareas, Oteiza mantiene cierto celo en algunas preparaciones que prefiere realizar en intimidad, cosa que con el tiempo aprendí a aceptar, como una forma de atesorar secretos de la cocina que no admiten compartirse, y no está mal. Es lo que hace al misterio de ese arte y le da el carácter sublime que la gente en general le reconoce.
Pero volviendo al tema de Raquel, la evolución de su albergue era seguida por nosotros con suma atención. La población, si bien variable, tendía a aumentar dramáticamente. Benito y Tomás, los primeros dueños de casa, por así decir, habían establecido una suerte de autoridad en cuanto al derecho sobre las hembras, quienes al poco tiempo quedaban preñadas y esto multiplicaba geométricamente el olor. Ya no había Reliverán ni desodorante que pudiera con semejante tufarada: a decir verdad, el aire, por momentos se me hacía irrespirable. Había intentado hablar con Raquel antes de recurrir al medicamento; por supuesto, a mi manera, con ese estilo elíptico, indirecto, sutil que me caracteriza, pero en cuanto se mencionaban cuestiones como la cantidad de animales, el poco espacio, o lo tarde que llegaba a casa, se le endurecía el rostro, y a continuación cambiaba violentamente de tema. Entonces, decidí hablar al municipio con la idea de radicar una denuncia. Me informaron, ya no existía la dependencia encargada de esos asuntos, y la única opción era iniciar una demanda judicial, nombrar abogados, en suma, un verdadero bodrio.
Demás está decir que tanto la conversación con Raquel como las averiguaciones fueron hechas a espaldas de Oteiza, no por nada en especial, o quizá sí: me había propuesto resolver el conflicto sólo, con mis métodos, aún demorando más de la cuenta, y no quería dar lugar a su frío pragmatismo. De cualquier manera, la conducta de ella para con el tema siempre había sido medida, muy controlada. No era que no quisiese mencionar el asunto, sino que mostraba cierta resignación y hasta indiferencia, como si no fuera algo digno de gastar saliva. En cierto modo eso me daba tranquilidad. Oteiza estaba más metida que nunca en el trabajo; se le ocurrían nuevas recetas; generalmente, encontraban eco favorable en el público: postres y ensaladas deliciosos, más y mejores platos con liebre, etc. Me contaba que los últimos meses, la mayor oferta de este producto había hecho bajar drásticamente el precio, y por ese motivo convenía aprovechar la coyuntura.
Ahora bien, mi meticulosidad (y mi preocupación) me llevaron a confeccionar un registro diario de pensionistas, estables y circunstanciales, de Raquel, adjudicando a cada uno un nombre y al lado sus señas particulares a fin de permitir su individualización. Aún hoy no podría explicar claramente por qué lo hice o qué objetivo perseguía con eso; quizá, hacer un seguimiento, ver el progreso de la comunidad para pensar alguna estrategia de dispersión, no sé. De cualquier manera, poca importancia tiene ahora, ya que, a la semana, el registro desapareció misteriosamente del escritorio. La explicación poco convincente de Oteiza fue que, tal vez, mezclado con suplementos de diarios viejos, habría ido a parar al tacho de basura, a continuación seguida de un reproche: si era tan importante, por qué no lo había guardado en un cajón, a buen resguardo.
Advertí que ya no tenía la voluntad suficiente como para rehacer la tarea, pero eso no me impidió notar que la población disminuía. En efecto, a Rubio, un macho joven, y Mancha y Tigresa, dos hembras del elenco estable, desde hacía una semana no los había vuelto a ver. Abrigué una esperanza: que Raquel fuera esa clase de gente que primero dice no a cualquier insinuación de cambio y, al tiempo, practica las reformas, calladamente, sin dar jamás el brazo a torcer, o sea sin reconocer que el otro tenía razón. Pero era raro, porque a su vez tres pensionistas de los considerados ocasionales ahora formaban parte del elenco estable. Cansado porque algo me impedía abandonar el seguimiento, y, al mismo tiempo, carecía de fuerzas para reiniciar el registro, me debatía en un tira y afloja que no hacía más que desgastarme y perjudicar el trabajo. Sólo encontraba sosiego en la idea de que, entender a los gatos (seres tan independientes y poco previsibles) era una prerrogativa de los especialistas, que para algo los venían estudiando desde hacía años.
Un nuevo hecho vino a complicar más las cosas: la actitud de Raquel. Todo parecía fluir en buen tono, sin embargo, cada vez que nos cruzábamos, su voz amable, aunque formal, contrastaba con una expresión de rigidez y fastidio que comenzó a preocuparme. Nuestra relación nunca había pasado del saludo y, a lo sumo, un ligero comentario sobre el clima o el aumento en las expensas. Sus asuntos personales nunca habían tenido para mí la menor importancia, salvo aquellos a los cuales me referí, no obstante, sus caras se convertían en agujas que lastimaban mi conciencia. Y no sé por qué me surge decir conciencia. Después de todo, ¿qué tenía yo que ver con la ausencia de Rubio, Mancha o Tigresa, o con la de Tomás, que sobrevino una semana después, o con las otras? Su mirada llevaba implícita una acusación. Necesitaba contárselo a Oteiza, desahogarme, “ mirá lo que piensa esa vieja loca”, pero temía más que nunca a sus reacciones. Me acostumbré a vivir así, guardando yo también tantos secretos, pero no por placer, ni por oficio, sino por necesidad, aceptando resignado la distancia que crecía entre los dos.
A la semana, el rumor ya era presunción de mal agüero. Se decía que Raquel no había vuelto a casa, pero nadie tenía la menor idea de nada: un misterio, como si la tierra se la hubiese tragado. Por humanidad, una amiga, que tenía llave, le daba de comer a los gatos y ordenaba un poco.
Nosotros seguimos adelante, eludiendo el tema, envueltos en un ritmo enloquecedor de trabajo, sin tiempo para salir a caminar o, mucho menos, mirar una película, ni hablar de comer afuera: la comida, hacía rato me había saturado la vista, me daba cierto asco, varias veces a la semana me iba a la cama sin cenar. Y las noches, por cierto, eran largas para mí, no para Oteiza que caía rendida de sueño. Yo luchaba hasta tarde con ideas extravagantes, impulsos sombríos que me tomaban por asalto y no se iban así nomás, un telón de dudas donde quedaba atrapado, preguntándome cosas sin respuesta: ¿ Dónde estaba Raquel? ¿Por qué irse así, sin avisar, y dejar su pensionado a la buena de dios? ¿Ahora, qué?
Con los ahorros del año tuvimos que comprar un freezer que guardamos en la baulera por falta de espacio. “Así economizamos una barbaridad de plata” – dijo Oteiza, exultante -,”las compramos sin carnear y,,, tranquilo, yo me ocupo. Lo que sí, no se te ocurra mirar, te impresionaría, con el problema que vos tenés”.
Fueron días vividos al límite, preparando hasta muy tarde pedidos para muchos comensales. Semana de fiestas: había que aprovechar. “Después, ya sabés, viene el parate del verano. Esto de trabajar por turnos mientras el otro descansa, a mí tampoco me convence pero, ¿qué vamos a hacer? Ya habrá tiempo de sobra para desquitarnos. No sé si te avisé: le puse candado al asunto aquel. No vaya a ser cuestión que nos roben las piezas. Con los vecinos nunca se sabe ¿no? Total, vos ahí no tenés que ir para nada.”
No creí que las noches pudieran ser aún más largas y desoladoras, como tierra de nadie donde a cada rato uno tropieza con sus mismas pesadillas y obsesiones, se decide y se arrepiente, y lo amarga no ser de otra manera, pero, sabe, este juego de escondidas ha llegado lejos. Entonces, comprende que es parte de una historia que se muerde la cola todo el tiempo.
Hay que ver cuán extraño puede resultar el ser humano, qué paradójicas e impredecibles sus conductas, cómo, al mejor estilo felino, se independiza sin previo aviso de sus clichés y ahí va, dispuesto a abrir puertas que no sabe a dónde lo conducirán, o tal vez sí, supone, imagina y necesita confirmar sospechas, y se debate entre vestirse con una ropa ligera o dejar todo así, entre ayudar con unos tragos al sueño y cerrar los ojos o cerrar despacio la puerta del cuarto y bajar esos doce o trece escalones hasta la baulera, poner la llave en el candado, abrir el freezer y mirar...