viernes 22 de febrero de 2008

ME VAS A DEJAR

Algo cambió cuando dije que leía las líneas de la mano y ella extendió el brazo diciendo “dale, me interesa”. Quizá fue su aliento a whisky, una especie de electricidad entre sus dedos y los míos o ese ligero tartamudeo, no sé, pero una mágica puerta se había abierto.. De repente, la noche se llenó de cigarrillo con Sting y presagios de amor y larga vida entre un montón de nietos. Me miraba atenta, como si verdaderamente yo supiera algo sobre esos temas, y le vino un brillo a los ojos que no entendí. Creo que estaba a punto de llorar.
- Ya sé que me vas a dejar – dijo , pero yo no contesté.
Después fingimos interés por cosas triviales y la conversación se volvió previsible pero amena, saturada de exclamaciones y risitas.
-¿Chico Buarque o Gal Costa?- preguntó -. Le presté la mitad de los discos a mi hermano y...
No sé qué contesté. Me mostró su cultivo de papiros, la orquídea amarilla que adoraba, el tapiz de México (en la casa de Frida Khalo hay uno igual, ¿sabías?). Pidió que me quedara a cenar, haría tacos con guacamole o algo parecido al seviche, me daba a elegir. Contesté que sí, y fue como un alivio, me di cuenta, señal de que algo la tenía nerviosa. Cuando se quitó los zuecos mostró su verdadera altura. Así me gustaba más: tan distinta a las otras pero en el fondo tan igual. La sonrisa en esa cara suave y redonda donde unos ojos tristones apenas contrastaban, el dedo jugueteando en el pelo sin parar, la remera cortita y el ombligo ahí, en exposición, todo era una invitación a jugar a los amantes solitarios, como en un cuento de Carver. Algo dijimos del trabajo: por suerte mañana es domingo, o algo así. Ella sólo aludió tangencialmente al suyo: a mi me permitió viajar y conocer gente. Después pidió ayuda con los platos y pasamos a una mesa con velas y no sé cuánto más. Por qué tanta cosa, tanto preparativo – pensé. Pareció leerme el pensamiento.
- Hacía mucho que no cenaba con alguien – dijo -, que no me sentía tan a gusto. En dos años de separación la pasé bastante mal...-
No pregunté nada, no supe o no quise. Propuse un brindis y, a continuación, elogié su vino: evidentemente, mezcla de cepas – dije, recordando algo que oí una vez -, tiene buen corte: un poco joven, pero con carácter.
Se sonrió como avergonzada.
- No entiendo nada de eso. La verdad, lo elegí porque me gustó la botella y esa foto antigua en la etiqueta.
Estallamos en una carcajada. Luego quedamos así, mirándonos por un instante. Fue entonces cuando, paulatinamente, se desdibujó esa expresión y los ojos tristones impusieron su carácter.
- Me vas a dejar – repitió -, ya lo sé.
Le dije que no entendía el comentario. Pregunté si se trataba de alguna broma o acaso no se sentía bien conmigo, porque en ese caso...
- Al contrario – aseguró -, hacía mucho que no la pasaba tan bien.
A la distancia, un portarretrato llamó mi atención. Apenas distinguía tres siluetas: tal vez un hombre junto a dos chicos. Ella se dio cuenta.
- Son mis hijos – aclaró -. Al principio quise recortar la foto, pero, después de todo, es su padre. El mayor está con él, y el más chico se quedaba en casa de un amiguito – siguió aclarando, sin necesidad.
Le pregunté si se acordaba de mí y ella quedó sorprendida, hasta desorientada. Arriesgó nombres, lugares, parentescos con gente diversa, incluso de otro país.
- ¿Hace mucho tiempo? – preguntó, y yo dije que más de 20 años.
- En esa época yo estaba en la secundaria – dijo, y ahí, de golpe se le hizo la luz. Me recordaba como se puede recordar a un alumno de un curso dos años mayor y que no le llamaba especialmente la atención.
- Bueno, yo no me daba mucho con mis compañeros – se justificó -. Estaba muy metida en mis cosas ¿sabés? Y a los tipos les echaba flit: primero los atraía y después...no sé qué pasaba.
Y otra vez sus aros golpeteándole las mejillas, el tajo de la pollera bahiana que trataba de cerrar sin convicción, como un reflejo, la guarda calada a la altura de los muslos.
Dejó que comenzaran a sonar unos fados y se acercó al sillón con un vaso de algo alcohólico.
- Probá – dijo-, vas a ver qué rico. Menos mal que a mi hermano no le gustan las canciones en portugués ¿no?
Cada minuto era un descubrimiento: la cicatriz de la vacuna, el hoyito en el mentón cuando pronunciaba la u, un pequeño ideograma japonés tatuado en el escote, que tapaba a medias la remera (y yo me preguntaba si vería completo).
- Había un profesor de séptimo que me gustaba – dijo de pronto, con la vista difusa y un dejo a sonrisa en los labios. Pronunció su nombre pero yo no lo conocía.
- Era joven – aclaró – y se la pasaba inventando historias, tenía un arte para eso. Tal vez era lo que lo volvía, no sé, irresistible para mí.
Le acerqué el vaso vacío a la mano, como pidiendo más de aquella cosa y pregunté si había pasado algo con él.
- Por desgracia, nada – dijo, con cierta resignación -. Para colmo, él también tenía interés, yo lo notaba. Pero se ve que no se animó. Mejor así, ¿no? – preguntó, mirándome con esos ojos grandes -.
Le hice un gesto vago, como de no comprender.
- Es que habría terminado igual que con los otros – dijo, y en ese instante, bajo esa luz temblorosa, se volvió más tierna, más frágil, más entregada que nunca a las contingencias. Sujetó con fuerza mi mejilla y obligándome a mirarla a los ojos, casi susurró.
- Prometeme que cuando me dejes, te vas a arrepentir y vas a querer volver, aunque no vuelvas.
Y yo dije que lo prometía.
A partir de entonces, ocurrió todo sin darnos tiempo a nada, como una sublevación repentina buscando un juego loco de contrastes: mi piel blanca de oficina, mi metro ochenta de huesos marcados y mis manos de arena, su piel bronceada y sus marcas de la malla, sus rodeos, mis atajos, mi respiración entrecortada, sus uñas en mi espalda, el contrapunto de gemidos. Luego sus ojos cerrados en la almohada, el sonido del cierre y los cordones, y a lo lejos, mis pasos fugitivos en la vereda.

1 comentarios:

Demasto dijo...

Amigo!, !Exclente cuento!... Hay detalles descriptivos que realmente hacen placentera la lectura...

Mis más sinceras felicitaciones.

Saludos.